El derbi sevillano | Gran angular Noche para verlo en el VAR

  • La tensión inherente a estos duelos se puede disparar con la asistencia técnica al árbitro

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El 17 de mayo de 1997, Betis y Sevilla protagonizaron un derbi inolvidable, acaso el que vivió el desenlace más retorcido y disparatado de la historia. Y ya han sido 94 las veces que se las han visto en Primera División.

Esa cálida noche, el Benito Villamarín era pura fiesta en el minuto 90. Su equipo ganaba 3-1 con un postrero gol de Cañas. Su equipo, además, le había hecho dos tantos al vecino en inferioridad numérica, después de que Roberto Ríos fuera expulsado en el minuto 26 por un penalti que supuso el empate a uno provisional de los sevillistas. Pero en apenas un minuto del alargue, los de rojo aguaron la fiesta verde con las dianas de Salva y Galván.

Por si el desenlace no fuera aún un dignísimo tributo a Hitchcock, el Betis dispuso de una última falta en la media luna...

Los béticos y sevillistas veinteañeros no lo vieron. Pero sucedió. Era la última jugada del partido. Jarni, autor de los dos primeros goles de los anfitriones, lanzó ansioso, con prisas. Era ideal para un zurdo, aunque el balón estaba demasiado cerca para golpear con fuerza por encima de la barrera. El croata optó por la sutileza, la pelota rebotó en la barrera, despistó a Unzué y el cuero, con un efecto envenenado, fue a buscar el palo contrario al que buscaba el guardameta en su estirada. El balón botó, golpeó el palo y el efecto se endiabló aún más... para buscar la red sevillista. A media altura, cuando la pelota se colaba y casi todo el repleto Villamarín ya gritaba el 4-3, apareció el guante izquierdo de Unzué para sacarla y salvar el gol. ¿La sacó de dentro? ¿Fue gol? Los béticos están convencidos. Parte de los sevillistas defienden que no y parte, los más guasones, dicen que sí, que entró...

El árbitro, el extremeño Carmona Méndez, se quedó mirando al linier (que no asistente) con el silbato en la boca. Pero su colega no se movió de la esquina. Y lo que hizo fue pitar el final del partido. Los jugadores del Betis se lanzaron como jaguares a por el linier, que se adentró en el terreno de juego en busca de su superior para huir del chaparrón de la grada. En los banquillos se enzarzaron. Fue una fabulosa catarata de sucesos, de sensaciones, imposibles de digerir por su celeridad. Tanto fue así, que el realizador de Canal Sur cortó de repente, en pleno fuego, y el telespectador debió preguntarse si fue real lo que acababa de ver.

Las imágenes de entonces no despejan la duda. Jamás se sabrá si fue gol o no. Si hoy acaeciera una acción similar, esa incógnita quedaría despejada en menos de un minuto. La tecnología lo facilitaría. Como hubiera facilitado a Carmona Méndez una revisión más concienzuda del penalti, que lo fue, de Roberto Ríos a José Mari que acabó con el bético expulsado. O la identidad de algún agresor en las tánganas.

¿Imaginan aquel derbi del 97, con el gol fantasma de Jarni revisado en monitores?

¿Se imaginan a todo el estadio pendiente de que Carmona revisara si Unzué sacó de dentro esa pelota caprichosa? ¿Se imaginan el paroxismo? Pues puede suceder algo parecido esta noche. Claro que puede suceder. Ya pasó algo similar la pasada jornada en Valladolid con ese gol al Barcelona no validado por fuera de juego. Todo sea en aras de la justicia...

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