De la fiesta al miedo, del miedo a la bronca con Antony encarado
Los casi 67.000 béticos de las gradas vivieron toda suerte de sensaciones y los que se fueron riendo fueron los 600 de rojo
Empezó prendida una hoguera verde de pura esperanza, prosiguió una grada de móviles encendidos, iluminando una posible goleada, y con el gol de Alexis Sánchez a centro de Oso, de repente, a todo el bético del recinto, desde los aficionados como a los actores sobre la hierba, les entró un súbito miedo. Se quedó todo el personal literalmente bloqueado. El primero Manuel Pellegrini. Fue como si le asaltaran a la memoria tantos partidos de la máxima rivalidad que acabaron en frustración. Parecía cuestión de tiempo que llegara el empate y tuvo que ser el último abanderado de la vetusta rivalidad local, Isaac Romero. Fue difícil de explicar para cualquiera que no sea docto en derbis sevillanos.
Lo que sí resultó imposible de explicar para cualquier aficionado al fútbol fue la reacción de Antony al término del partido. Inadmisible que cayera en la trampa de responder a unos exaltados aficionados béticos que le recrimimaron a los suyos su escape room de la segunda parte. De la hoguera verde se pasó a la fiesta por el 1-0, a la locura por el 2-0, a la esperanza de una goleada histórica, al súbito miedo... y a una inopinada y amarga bronca final. Demasiadas sensaciones encadenadas.
Tiró a la basura el Betis la medallita histórica de enlazar tres victoriosos derbis de Liga seguidos. “Líbranos del mal”, rezaba el tifo de bienvenida a su Betis de la grada de los más exaltados, los del Gol Sur. Aunque a veces, el mal parece más cercano y no viste de rojo para ellos: de nuevo hubo gresca entre aficionados béticos en las afueras del estadio, en la zona ya habitual de quedada antes de los partidos.
Fue un estallido de violencia que no fue a más, una pelea callejera bajo una nube volátil de alcohol. El riesgo mayor nacía de un escenario novedoso y enorme para controlar un derbi. La Subdelegación del Gobierno tiene un molde útil para los derbis en el Ramón Sánchez-Pizjuán y el Benito Villamarín, pero el decorado que amenaza con ser campo de batalla era otro. Y afortunadamente, los de rojo, que eran unos 600, llegaron al apeadero del tren, fueron trasladados bajo escolta policial hasta sus pastillas en la zona alta del Gol Norte y todo quedaba en la escenografía y la banda sonora universal en los duelos de rivalidad sevillana desde principios del pasado siglo.
La guasa de esta ciudad estalló en toda su plenitud cuando el Betis, en su segunda llegada clara, acertó a hacer el 2-0 en la extraña maniobra, otra más, de José Ángel Carmona y la veloz y hábil acción de ese avión que responde por Abde. Ahí, cuando entre el marroquí y el recién llegado Fidalgo burlaron la desmañada defensa de cinco sevillistas, el estadio coreó al unísono un “¡Júnior, quédate!” que fue directo al corazón de los sevillistas. Y el que no lo acepte, que se meta en agua fría...
En el descanso, cualquier atribulado sevillista se temía una goleada en contra de las que quedan tatuadas, como aquel 4-0 a Superpaco o el 3-5 de Setién. La escenografía se preparó para ello. Cuando se fue el sol por la cornisa aljarafeña, la apasionada afición bética encendió sus móviles para darle un envoltorio acorde a la fiesta. Pero el Sevilla se levantó del suelo. Los móviles se apagaron. Luego, les entrarían los whatsapp... de guasa.
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