El Palquillo

El emocionante ensayo del misterio de la Hermandad del Cerro del Águila y el valor de la sorpresa

El misterio del Cerro del Águila por las calles de su barrio

El misterio del Cerro del Águila por las calles de su barrio / José Ángel García

A nadie se nos escapa que en los últimos meses, sobre todo tras la recuperación pandémica y la supresión de las medidas más restrictivas, el universo de las cofradías ha experimentado un acusado aumento de las procesiones de carácter extraordinario. Magnas, aniversarios, coronaciones y otros diversos acontecimientos han copado casi todos los meses del año en Andalucía, una cuestión que puede causar saturación o cierto desgaste en los círculos cofradieros. Aunque someteremos a debate este asunto más adelante, escuchamos en conversaciones y debates una conclusión más recurrente de lo esperado: la pérdida de la ilusión. 

Pienso, firmemente, que en cada cual reside la capacidad de dosificar su participación en procesiones ajenas a su particular modo de calibrar el tiempo, pero la magia de la espera conserva una serie de virtudes que la mantienen virginal, pura y alejada de cualquier otra celebración. Y, sobre todo, porque mantiene viva la sorpresa, esa condición que nuestro mundo artificial y previsible se afana por limitar y diluir.

Aún mantengo sobre la memoria, sujeta a la tachuela de la adolescencia, aquella noche de enero en que, al doblar una esquina del centro de la ciudad, un buen amigo y yo nos topamos de bruces con un ensayo de costaleros. Era tarde; la luz de la madrugada desplegaba su amplia gabardina sobre los artificios lumínicos de las franquicias. Frío, el propio. Por la calle Tetuán solo se oía el siseo metódico y sistemático de las alpargatas de la cuadrilla del misterio del Duelo. por entre las telas asomaban destellos neogóticos y una sola voz machacaba el silencio de una calle tintada de bullicio y de prisas. Minutos, segundos quizás; martillazo y los zancos al suelo. Son esos fogonazos que nos devuelven y despiertan la ilusión por la Semana Santa. 

El pasado jueves, el paso de misterio del Cristo del Desamparo y Abandono de la Hermandad del Cerro del Águila, en aras de asegurar un correcto discurrir de la cofradía el próximo Martes Santo, cruzó el centro de la ciudad en busca de la calle Francos. Como un aeroplano en la anchura oceánica de los cielos, el paso se deslizaba con la firmeza y la determinación que atribuye la genética de la cofradía. El cortejo regresará a su barrio por esa calle, como hace algunas décadas, pero el paso no es el mismo, y era preciso garantizar que las dimensiones de semejante barco respetaban la física de aquellas callejas. La maniobra, emocionante y ajustada, convocó a decenas de cofrades que, sabedores o no del asunto, desempolvaban en nombre de la ciudad ese capítulo de la espera. Ese anticipo de la ilusión. Si el Cerro cabe en el corazón de todos nosotros, cómo no va a caber por Francos.

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