El jubileo de la pestaña
  • La Semana Santa y la moda van de la mano: de los trajes cruzados al tobillo al aire

  • Cañete no recuerda en sus 58 años de sastre una primavera con tan pocas ventas

Miércoles Santo en Sevilla. Los estilismos que perdimos

José Cañete y su hijo José María prueban una chaqueta a un cliente. José Cañete y su hijo José María prueban una chaqueta a un cliente.

José Cañete y su hijo José María prueban una chaqueta a un cliente.

José Ángel García

El primer traje que estrené fue un Domingo de Ramos. En esa franja de edad que te hace abandonar la infancia y asomarte al balcón de la adolescencia. Recuerdo aquel año. Principios de los 90. Fue lluvioso. Se quedó incrustrado en mi memoria porque al poco de cubrir las piernas con el pantalón de pinza me hice un agujero de dimensiones considerables. Me había caído por un terraplén en una de mis últimas travesuras. Aquel estropicio provocó una gran reganiña de mi madre y el consiguiente zurcido que lucí en la jornada en la que empieza todo. Por aquel entonces estaban de moda los trajes cruzados y una combinación que nunca falla: chaqueta azul y pantalón gris marengo. Cada vez que miro el escaparate de una tienda de moda masculina y veo los maniquís con esta componenda me acuerdo de aquel percance y de la sangre que brotaba de mi rodilla.

Lo visto hasta ahora en esta extraña Semana Santa constata que el Covid no ha hecho olvidar a los sevillanos tal indumentaria a la hora de echarse a la calle, especialmente el Domingo de Ramos. Aunque, claro, una cosa es lo que se ve y otra lo que se sufre en las tiendas, sobre todo en las sastrerías, donde los encargos se han reducido drásticamente estas fechas. Los cofrades optan por repetir modelo ante la falta de pasos en la calle. Aunque ya sabemos que algunos llevan usando el mismo, al menos, desde los tiempos en que José Luis Balbín presentaba el programa La Clave. Dignos de ser estudiados por el IAPH. De hecho, me atrevo a asegurar que en las instalaciones de la Cartuja hay piezas con menos antigüedad.

Todos estos pensamientos (con colmillo retorcido) vienen a mi cabeza mientras me detengo ante el escaparate de Cañete, en la calle Rioja, vía de llegada a la carrera oficial de las cofradías de Triana y el Arenal, como la del Baratillo. Su propietario, José Cañete, aprendió el oficio de su padre y éste, a la vez, de su abuelo. Generaciones cosidas a base de costuras e hilván. En este negocio sevillano la pandemia ha dejado huella.

Cañete reconoce que las grandes ventas se realizan para la Feria, una celebración que admite mayor variedad de combinaciones que la Semana Santa. “Confíamos en que la situación remonte con las bodas, bautizos y comuniones”, refiere este sastre, quien recuerda que antes del Covid se vendían, en todo el año, hasta 600 trajes y “americanas”. “Está siendo la peor primavera en ventas en mis 58 años de oficio”, admite.

Padre e hijo comprueban cómo queda la nueva prenda. Padre e hijo comprueban cómo queda la nueva prenda.

Padre e hijo comprueban cómo queda la nueva prenda. / José Ángel García

La Semana Santa y la moda han ido de la mano. Atrás quedaron aquellos años de jóvenes de punta en blanco, y no precisamente porque la elegancia fuera la nota dominante, sino por ser el albo color el que se adueñaba de toda la indumentaria. Aquel estilismo pasajero se convirtió en la forma que tuvieron ciertos grupos de reclamar su sitio en las tradiciones sevillanas. Por suerte (y por desgracia para los cronistas, porque la tendencia nos dio bastante juego en los relatos) duró poco.

También fue bastante pasajero el resurgir de la pajarita. Dos años se mantuvo la apuesta por este complemento que por momentos nos hacía dudar de si estábamos en la primavera sevillana o en la madrileña Puerta del Sol una Nochevieja. Descubrimos entonces que las horteradas –como dicen los expertos en turismo– no son estacionales.

Los trajes de chaqueta se suceden en la cola para entrar en el Salvador. Los trajes de chaqueta se suceden en la cola para entrar en el Salvador.

Los trajes de chaqueta se suceden en la cola para entrar en el Salvador. / Juan Carlos Vázquez

En los últimos años ha vuelto a ponerse de moda el chalequillo que complementa el traje. Confeccionado con la misma tela o con otra que rompa la monotonía del conjunto. También vuelven a llevarse los tirantes. “Son prácticos y los pantalones quedan mejor colocados”, apunta Cañete.

Eso sí, a lo que se niega este veterano sastre es a la moda de los tobillos al aire. Un atentado contra el buen vestir. “Un horror”. Y como estamos en época de expiar culpas, rezo para que sus defensores se rediman, a base de penitencia, con la embestida de un carrito de niño en una bulla, que –quién lo iba a decir– se han acabado echando en falta.

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