Contrapunto | Lunes Santo

El símbolo del dolor pasa por el quirófano

  • Jesús Domínguez, segunda generación de orfebres, restauró la cruz de las Penas l Su padre y maestro ya había trabajado en el taller con la corona de la Virgen y el moldurón

Jesús Domínguez Machuca, trabajando con la cruz de las Penas de San Vicente. Jesús Domínguez Machuca, trabajando con la cruz de las Penas de San Vicente.

Jesús Domínguez Machuca, trabajando con la cruz de las Penas de San Vicente. / Juan Carlos Vázquez

LA cruz pasó por el quirófano. Curiosa imagen para lo que significa un instrumento del sufrimiento más despiadado. Pero al fin y al cabo es un dolor por los demás que libera. Y esa ósmosis se hizo en el taller de Jesús Domínguez Machuca (Sevilla, 1967). El año de su nacimiento, la hermandad de las Penas de San Vicente adquirió una cruz de plata y carey de 1735 que perteneció al Nazareno de Écija. Un encargo que un año antes, en 1734, había hecho Manuel de Villavicencio Castrillo y Moscoso, marqués de Alcántara del Cuervo, aristócrata que fue hermano mayor de la cofradía astigitana.

El Cirineo va a tener trabajo este Lunes Santo. La cruz mide con los nuevos remates 3 metros y seis centímetros de largo por un metro 91 centímetros de ancho. Hubo que ampliarle en nueve centímetros el patibulum para que estuviera proporcionada con la imagen de Jesús de las Penas.

Jesús Domínguez Machuca es hijo y discípulo del orfebre Jesús Domínguez Vázquez, que en 1945 estableció su primer taller en los altos de Cerámica Montalbán, en Triana. En 1957 lo instala en Santa Clara, junto al monasterio de San Clemente, donde sigue hasta el día de hoy. En 1992, tres años antes de que falleciera su padre, Jesús tomó las riendas de este taller. El encargo de las Penas de San Vicente le ha permitido viajar a la maestría de su progenitor, de cuyas manos salió la corona de la Virgen de la hermandad y el moldurón del palio. Su hijo tuvo el privilegio de restaurar los cuatro casquetes que acompañan la cruz del Señor, cincelados por su padre.

La cruz se la encargó el marqués al maestro ebanista Juan Francisco de Pareja ante escritura pública de Francisco Manuel Peláez. Los honorarios eran de catorce reales de vellón diarios, “para la fecha un dineral”. Siete reales de vellón cobraba el ayudante. La plata y el carey de la cruz corrían a cargo de la hermandad que hizo en elcargo.

Si Jesús asumió la dirección artística del taller de orfebrería que fundó su padre, el fallecimiento de su madre fue decisivo en su decantación artística y profesional. “Aunque mi padre me hizo hermano del Museo, yo salí de nazareno de niño con la hermandad de las Penas de San Vicente. Me acompañaba mi madre, pero me quedé huérfano muy pronto. Eso tuvo mucho que ver con que me dedicara a esto”. Como el padre pasó a ser la principal referencia, Jesús venía del colegio San Francisco de Paula y se ponía a hacer los deberes en el taller, en el trasiego de obras y encargos. “Yo jugaba en el taller y de jugar pasé a ayudar a mi padre”.Se fue voluntario a la mili, a Tablada, para no perder la comba. Un destino aéreo para quien cumplirá años el próximo 2 de mayo, el día que se cumplen quinientos años de la muerte de Leonardo da Vinci.

De este mismo taller de Santa Clara salieron la jarra y la rosa de plata que el Papa Francisco le regaló a la Archidiócesis de Panamá en su visita a ese país, destinada a la Virgen de la Antigua, la misma advocación a la que se confiaron los que con Elcano al frente regresaron de la primera vuelta al mundo. Este año han salido obras para Nuestra Señora del Carmen, patrona de San Fernando, y el frente del altar de Corpus de la catedral de Córdoba. Recibieron el encargo de catorce relicarios para la Mezquita de esa ciudad –seis entregados, ocho en proceso– y la cruz de las Penas convivió con los atuendos de quienes certificaron el dolor más sublime de la historia. En el taller de Jesús Domínguez se han hecho siete nuevas corazas para la centuria macarena y restaurado otras tres, una de ellas para el capitán de la romana escolta.

La junta de gobierno de las Penas de San Vicente se pasó por el taller de Domínguez Machuca para ver los progresos del trabajo. Una historia de casi tres siglos desde que el marqués se la encargó al maestro ebanista. Una visita que recordaba la que según contaba Fernando Carrasco en El Hombre que esculpió a Dios realizó la junta de gobierno del Gran Poder al taller de Juan de Mesa.

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