Calle Rioja

Ingenieros con los que no se ponía el sol

  • Durante cuatro meses, el Archivo de Indias acogió una muestra de cuatro siglos de Ingeniería Española en Ultramar, ingenio de científicos y militares que cruzaron el charco

Archivo de Indias, con el cartel de la exposición de cuatro siglos de Ingeniería. Archivo de Indias, con el cartel de la exposición de cuatro siglos de Ingeniería.

Archivo de Indias, con el cartel de la exposición de cuatro siglos de Ingeniería. / José Ángel García

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ANTONIO Cascales publicó un libro titulado La Sevilla Americana cuyo interlocutor era un cortesano donMozo, trato gentil para referirse a su amigo Antonio Mozo Vargas. Siempre hay en Sevilla pruebas fehacientes de ese americanismo real y nada retórico como el que documentó el publicista, sociólogo, ganador de elecciones y autor de una novela tan hermosa como Los tornadizos.

El domingo terminó en el Archivo de Indias una exposición impresionante titulada Cuatro siglos de Ingeniería Española en Ultramar. Un repaso de la ingente obra de ingenieros entre los siglos XVI y XIX, el siglo que terminó con la pérdida de las penúltimas colonias. Cuatro siglos de trabajos ciclópeos que han podido visitarse en cuatro meses.

No habían empezado a desmontar los ingenios de la antigua Lonja cuando el interesado en estos puentes a uno y otro lado del océano Atlántico puede otra alternativa. Con frases de Luis Cernuda, un sevillano que murió en México, y Jorge Luis Borges, un argentino enterrado en Suiza, la Fundación Cajasol acoge la exposición Los Nuestros, un viaje a través de la literatura de ida y vuelta que trajo desde América los libros prohibidos de los autores españoles y llevó hasta América desde la Barcelona prezombie el alborozo del descubrimiento del boom, cuando Macondo era un barrio próximo a la Barceloneta.

El Archivo de Indias es un pozo sin fondo de secretos y de confidencias. También de verdades bien sabidas pero muchas veces olvidadas. En una vitrina estaban los uniformes de ingenieros. Uno de ellos representaba a Agustín de Bethencourt, canario de Puerto de la Cruz que murió en San Petersburgo, donde digirió el sistema de obras públicas del zar.

En la sala anexa a la que acogió la exposición de los ingenieros está el cañón que desapareció en un naufragio en 1622 y que tras ser recuperado junto a otros tesoros del pecio regresó a España en 1976, una donación del Gobierno de los Estados Unidos realizada a la reina Sofía.

La mayoría de los ingenieros eran tipos muy singulares que nacieron en diferentes puntos de España y murieron en diferentes destinos de Hispanoamérica, el destino de sus empresas y tribulaciones, parafraseando la trilogía de Álvaro Mutis para contar las andanzas de Maqroll el Gaviero. El esplendor de los ingenios de azúcar en Cuba fue el motor que desencadenó el primer ferrocarril español, antes incluso que el Barcelona-Mataró, ya que Cuba hasta 1898 formó parte de la Corona española.

Esta clase de ingeniería era un master de asombros para el visitante, que además se encontraba con la propina de que en el Archivo de Indias está uno de los puntos de los Itinerarios de Murillo porque fue una de las primeras escuelas de pintura. En 1618 nace Murillo; en 1622, Valdés Leal; en 1627, Herrera el Joven. El año que muere Góngora, cuyo cuarto centenario generó el bautismo simbólico de la generación del 27, la mitad de los cuales cruzaron el charco por mor del exilio.

Junto a los legajos y documentos del Archivo de Indias, se han visto obras de ingeniería de minas y naval, prodigios de los ingenieros de Caminos, Canales y Puentes y el traslado del concepto de Ciudad. Ante tanto prodigio en tiempos de carencias, uno empieza a pensar que la opulencia de los nuevos ricos es una fábrica de encefalogramas planos.

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