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Joaquín Arbide, un vanguardista del teatro y el periodismo

  • Intrahistoria. Ha muerto el cronista que historió las décadas más brillantes de la ciudad de Sevilla, que conoció tras una cuna extremeña y un paraíso de infancia norteafricana

Joaquín Arbide en la presención del libro 'Sevilla de maestros y pupitres'.

Joaquín Arbide en la presención del libro 'Sevilla de maestros y pupitres'. / victoria hidalgo

Eso es justicia poética. Libro conmemorativo de los 90 años del Pabellón de Sevilla, edificio de Vicente Traver, arquitecto que sustituyó a Aníbal González como director de la Exposición Iberoamericana de 1929, formado por el Casino de la Exposición y el que entre 1919 y 1936 fue Teatro de la Exposición y a partir de ese último año Teatro Lope de Vega. La firma de Joaquín Arbide (Bienvenida, Badajoz, 1941-Sevilla, 2021) viene entre el músico Gualberto García y la actriz María Galiana.

Su colaboración se titula Del cero al infinito y aunque toda muerte parezca describir un viaje del Infinito al Cero, el testimonio de Joaquín abunda en su inmortalidad. Termina con un cartel teatral que es como un corolario autobiográfico. Temporada de Teatro en el Lope de Vega. Tabanque. Teatro Universitario de Sevilla. Director: Joaquín Arbide. Aunque en las fechas de esa temporada, del 3 de mayo al 2 de junio, no precisa el año, vi ese cartel en la hemeroteca y coincidió con el mayo francés de 1968 en el que Franco vino a Sevilla a inaugurar el puente que se llamó del Generalísimo, se alojó en el Alcázar y hasta presidió un Consejo de Ministros. El grupo que dirigía Joaquín, pionero del teatro sevillano, ofrecía este programa: El velero en la botella, de Jorge Díaz; El gorro de cascabeles, de Luigi Pirandello, Vida y muerte Severina, de Joao Cabral de Melo Neto, un brasileño de Pernambuco que fue candidato al Nobel de Literatura y cónsul de su país en Sevilla; un espectáculo con obras de Chejov; Estoy hablando de Jerusalén, de Arnold Wesker; y Antígona de Sófocles pero en la versión de Bertolt Brecht.

Dirigió el grupo Tabanque, con el que llevó obras de Brecht, Pirandello y Chejov

Tengo una biblioteca Arbide en mi casa: Sevilla en los 80, que abre con una cita de Labordeta en el año del 28-F. También historió la Sevilla de los 60, la que él vive a tope después de su cuna extremeña y su largo paréntesis norteafricano en Tetuán. Alumno del instituto San Isidoro, dedicó más de 300 páginas a evocar la Sevilla de maestros y pupitres. Si en el libro del Lope de Vega comparte páginas con María Galiana, en esta obra un capítulo lo firma el actor pero también docente Carlos Álvarez-Nóvoa, que como la actriz consiguió un Goya por su papel en Solas.

Como yerno de tabernero y firme convencido de que las cosas más importantes han pasado en un bar, guardo en un lugar preferente, con su cariñosa dedicatoria, el libro Sevilla en los bares, hermano mayor de aquel más moderno que tituló Sevilla es un bar, que presentó poco antes de la pandemia en el Mercantil con Juan Robles, que le habrá servido una copa de vino celestial, y Carlos, el benjamín de los tres mosqueteros de El Portón, su aduana en General Polavieja.

Los libros de los bares, los maestros y las Sevilla de los 60 y los 80 se los editó RD Editores. Un día recibí una llamada de Rogelio Delgado, identidad de esas iniciales. Se la devolví desde una cabina de Mateos Gago que estaba donde ahora el Wojtyla de Miñarro. Me preguntó Rogelio si tenía contactos con algún escritor. Le dije de guasa que en ese momento bajaba hacia la Catedral un tal José Saramago acompañado por su esposa y traductora, Pilar del Río, a quienes saludé cuando terminé la conversación. Me dijo Rogelio que no respondía al perfil que buscaba. Alguien que ordenara unas Memorias que había escrito Pepe Peregil, el tabernero de Manzanilla que quitaba pesares junto al cine Rialto. Al final fue Joaquín Arbide quien le dio forma al proyecto y consiguió que fuera el libro más vendido en aquella Feria del Libro, por encima de Pérez-Reverte, Eduardo Galeano o Petros Márkaris, que fueron algunas de las estrellas.

Samarcanda le iba a editar el que habrá sido su libro póstumo, Gracias y Desgracias de Sevilla. La ciudad de la Gracia se la conocía de memoria en sus incursiones por la vida y obra de su tocayo Joaquín Romero Murube, epílogo de la Sevilla de los 60 que se muere el año que el hombre llega a la Luna por primera (y última) vez. Adalid del teatro, del costumbrismo bien entendido, del periodismo, donde coincidió con Pilar del Río en La Voz del Guadalquivir. Se ha ido en el crepúsculo de los segundos Juegos Olímpicos de Tokio. Los primeros fueron en 1964, cuando Joaquín tenía 23 años y encontraba a Ionesco y Pirandello entre los Álvarez Quintero en plena coronación de la Macarena. Vecino de la barriada Voluntad, fue el mejor guía cuando recorrimos esa tramoya trianera en torno a la calle Trajano, con una vista espectacular de la Giralda. Siempre inseparable de Esperanza Albea, primera dama de la obra con la que mayor éxito alcanzó en toda su vida. Padres de Juan Arbide, periodista de raza.

Siempre con su cuaderno y su boli, apócope de Guzmán y Garmendia. Cuando nos encontrábamos en Navidad, decía que eso eran postales vivas.

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