Pasaporte, historia para no dormir

Trámites en la policía nacional Oficina sin cita previa

Las colas para renovar los documentos de identidad en la Comisaría de Tablada se forman desde la medianoche del día anterior, colapso que da pie a la reventa de números

Cientos de personas esperan su turno a primera hora de la mañana en la Comisaría de Tablada.
Inés López

04 de julio 2009 - 05:03

Las vacaciones de muchos sevillanos comienzan con una inolvidable excursión a la Comisaría de Tablada, primera escala obligada para poder salir del país con el pasaporte en regla. Por segundo año consecutivo, la Policía Nacional ha habilitado esta sede para la expedición de documentos de identidad sin cita previa, la única que existe en Sevilla, junto con la de Coria.

Estas comisarías son el último recurso para olvidadizos y otros ciudadanos dados a la improvisación. Más o menos aventureros, todos viven una auténtica odisea, una historia para no dormir que comienza en la noche del día anterior. Desde ancianos hasta algunos niños pasan la noche a la intemperie para poder hacer los trámites. Hasta Tablada se desplazan ciudadanos de toda la provincia.

La carrera en el número 34 de la avenida García Morato comienza sobre las doce de la noche del día anterior a la cita en la comisaría. "Llegan sobre la medianoche e incluso duermen aquí en colchones", afirmaba ayer medio sorprendido un vecino de El Viso del Alcor que guardaba cola para renovar su pasaporte.

José Luis Jiménez, uno de los camareros del bar Tentempié, situado junto a la Comisaría de Tablada, confirmaba que entre las seis de la mañana, cuando la cafetería abre sus puertas, hasta las nueve, hora en la que comienzan a repartirse los números, pasan por la oficina entre 200 y 300 personas. Y no todas consiguen hueco para realizar el trámite.

Ayer, como es habitual, la comisaría comenzó a dar cita a las nueve de la mañana: 220 para DNI y 90 para pasaporte. En quince minutos ya estaban todos repartidos. Natividad, que había hecho cola desde las cinco y media de la madrugada con su hija de 17 meses, aseguraba que el madrugón había merecido la pena.

Otros compañeros de fila aseguraban que, en algunos casos, hay trampa: "Hay quien intenta vender números por 30 euros", comentaba Ana, de 24 años.

Los agentes de la comisaría desconocen la veracidad estos rumores de picaresca, pero aseguran que, de ser ciertos, poco pueden hacer ellos para evitarlo. En el interior de la oficina conviven la crispación de los solicitantes y el estrés de los funcionarios públicos, que no dan abasto.

Y se cruzan aventuras de todo tipo, como la de Francisco García Soriano, un invidente de 29 años que valoraba la rapidez dentro de la comisaría, aunque criticaba las barreras para discapacitados. "Para coger número e ir a mi mesa me han tenido que ayudar otras personas", explica pensándose si poner o no una reclamación. Para él, también para otros, ha sido una odisea, pero el objetivo se ha cumplido. Segunda escala del viaje.

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