Sevilla
  • Militares y policías sevillanos que pasaron por el país afgano relatan sus vivencias y contemplan hoy con pena e impotencia la retirada de los occidentales

Recuerdos de Afganistán

Un soldado español, cerca de la base de operaciones Bernardo de Gálvez, en 2012. Un soldado español, cerca de la base de operaciones Bernardo de Gálvez, en 2012.

Un soldado español, cerca de la base de operaciones Bernardo de Gálvez, en 2012.

EFE

Escrito por

· Fernando Pérez Ávila

Periodista

Cientos de sevillanos pasaron por Afganistán en algún momento de los veinte años que ha durado la misión internacional. Militares, guardias civiles y policías nacionales formaron parte de ese contingente, que se dedicó a formar al Ejército afgano, a garantizar la seguridad en un país devastado por continuas guerras y a la protección de las sedes diplomáticas españolas, entre otras muchas funciones. Hoy contemplan la entrada de los talibanes en Kabul y se lamentan de la rapidez con la que todo se ha derrumbado. De poco, dicen, ha servido su trabajo allí.

"El valor no se puede inculcar. Puedes formar a un ejército, puedes enseñarle tácticas y entrenarlo, pero si luego a esos soldados les puede más su propia vinculación étnica, que es algo milenario en la sociedad afgana, poco más puedes hacer", dice uno de los militares sevillanos que estuvo desplegado en Afganistán durante los primeros años de la misión.

Las operaciones del Ejército español comenzaron en Kabul, en una zona controlada por las tropas estadounidenses. Luego se desplazarían a Herat, donde compartirían base con los italianos. Desde allí se encargaban de reconstruir carreteras, de dar seguridad al resto de ejércitos y del transporte de personal y materiales.

Militares españoles reparten comida en uno de los barrios más pobres de Kabul, en 2002. Militares españoles reparten comida en uno de los barrios más pobres de Kabul, en 2002.

Militares españoles reparten comida en uno de los barrios más pobres de Kabul, en 2002. / EFE

También hubo presencia española en Kirguistán, desde donde partían las aeronaves americanas que bombardeaban la zona controlada por los talibanes, y desde donde salió, por ejemplo, el Yak-42 que se terminó estrellando en Trebisonda (Turquía), con 62 militares españoles y 12 tripulantes ucranianos y un bielorruso a bordo. Desde esta antigua república soviética partían helicópteros españoles para recoger a los pilotos que hubieran tenido que eyectarse por algún problema durante sus vuelos.

"Trabajábamos en una zona segura, cuando llegábamos a algún sitio sabíamos que la población que nos íbamos a encontrar era afín. Recuerdo sobre todo los niños, que salían a recibirnos con una sonrisa y, bueno, los españoles siempre somos muy dados a relacionarnos con la población local. Se veía mucha pobreza. Los niños estaban descalzos siempre, ya fuera verano o invierno. Les dábamos caramelos y chocolatinas". Ya por entonces se intuía el miedo a los talibanes y a su posible vuelta.

Los militares consultados por este periódico explican que Afganistán tiene un sistema muy clasista, casi de castas, en función de las distintas etnias. Mandan los pastunes, que son aproximadamente el 50% de la población. A esta etnia pertenecen los talibanes, y también los señores de la guerra. "Pero claro, vete a saber quién era talibán y quién no. Igual llegabas a un pueblo y veías a un anciano comiendo pan, y lo mismo ese era un talibán y los hijos lo eran, y tenían una casa llena de armamento esperando el momento justo para atacar, que ha sido ahora". En la base de ese sistema estaban los hazaras.

Patrulla de soldados españoles en un Humvee, en Herat en 2007. Patrulla de soldados españoles en un Humvee, en Herat en 2007.

Patrulla de soldados españoles en un Humvee, en Herat en 2007. / Farahnaz Karimy / EFE

Sobre la debilidad del nuevo Ejército afgano se pronuncia un agente de la Policía Nacional que formó parte del primer equipo de seguridad que se instaló en la Embajada de España en Kabul. "Los soldados que se reclutaban eran jóvenes, chavalitos que no tenían que comer y se les daban 200 dólares, una escopeta y un chaleco antibalas. Es normal que ese Ejército haya entregado las armas a las primeras de cambio, sobre todo porque los talibanes son guerreros muy experimentados. Es más, allí sabían que esto iba a pasar", explica este agente, que estuvo dos años destinado en la capital afgana.

"El Ejército afgano siempre ha estado a merced de la coalición internacional. No han tenido enfrentamientos reales contra los talibanes. Sí, les han enseñado a disparar, pero tienes que verte en un fuego real, con gente bregada de verdad. El soldado afgano no está bien formado. Los enfrentamientos reales en Afganistán los han tenido los americanos, los británicos y los franceses, sobre todo. Con mucha tecnología, ojo, no en el cara a cara. Porque esta gente (los talibanes) son muy duros en la batalla. Los americanos iban con tanques y aviones que ellos no tienen y contra eso no hay nada que hacer. Pero los mismos afganos decían que a su ejército, a las primeras de cambio, se los comían vivos. Y así ha sido. Porque estaba formado por chavalitos que no estaban acostumbrados a la guerra".

El policía define lo que vio en Kabul como un "teatrillo", una situación temporal de paz que no iba a durar eternamente. "Lo que había era una gran mentira. Llegaron los americanos, montaron una gran infraestructura, gastaron miles de millones y repartieron toneladas de comida... Pero la sensación general era la de que eso no iba a durar toda la vida. Ya en 2008 se palpaba ese miedo de la población. Y los talibanes estaban esperando su momento, agazapados. Los que hoy han entrado en Kabul son los hijos de aquellos contra los que se inició la guerra, que cada uno tiene por lo menos 15 hijos a los que adoctrinan desde que nacen. Han esperado el momento en el que se han cansado los occidentales. Sabían que nos íbamos a ir y han aprovechado la oportunidad", relata el funcionario.

Un hombre observa los destrozos en la Embajada española en Kabul tras el atentado de 2015. Un hombre observa los destrozos en la Embajada española en Kabul tras el atentado de 2015.

Un hombre observa los destrozos en la Embajada española en Kabul tras el atentado de 2015. / Jalal Jawadi / EFE

Tuvo ocasión de conocer bastante bien a los afganos durante sus dos años en Kabul. Entrenaba en un gimnasio con la población local y también acudía regularmente a la Universidad a dar charlas a los jóvenes afganos que estudiaban español. A su llegada a la capital del país, la Embajada de España tenía un equipo de seguridad formado por afganos. De seguridad estática, se entiende, pues eran los GEO españoles los que se encargaban de la seguridad del embajador y el personal diplomático en sus desplazamientos.

El equipo de afganos estaba compuesto por ocho personas. Eran pastunes, la etnia mayoritaria en Afganistán y a la que pertenecen la mayoría de los talibanes. Obviamente, los que se encargaban de proteger la Embajada no profesaban la ideología talibán, y luego se encargarían de demostrarlo defendiendo el edificio cuando sufrió el asalto, el 11 de diciembre de 2015. Varios de ellos murieron, en un atentado en el que fallecieron diez personas, entre ellos dos policías españoles.

"Con esa gente, yo me iría a cualquier guerra del mundo. Son muy bregados, muy echados para adelante y muy duros. Hacían siete días seguidos con turnos infernales a cincuenta grados. Y vivían en lugares recónditos. Trabajaban siete días y se iban dos a su casa. Venían del Panshir, eran descendientes del León del Panshir (Ahmed Massud, jefe de la Alianza del Norte, asesinado días antes del 11-S y principal enemigo de los talibanes). Todos eran de allí, muy guerreros. Como guerreros, son los números uno. Y eran muy leales".

Policías españoles se embarcan hacia Afganistán tras el atentado a la Embajada. Policías españoles se embarcan hacia Afganistán tras el atentado a la Embajada.

Policías españoles se embarcan hacia Afganistán tras el atentado a la Embajada. / DGP

Eso sí, el trato denigrante a la mujer no era exclusivo de los talibanes. "Las mujeres tenían que estar en casa y sus hijas tapadas por completo. Ese pensamiento lo tiene hasta el más light en Afganistán, sea talibán o no. Evidentemente, en menor medida si no lo es". Otro militar lo confirma. "Con nosotros trabajaba la población local, pues en la base entraban fontaneros, albañiles, carpinteros... Siempre acompañados por alguno de nosotros, pero entraban. Y les llamaban mucho la atención las mujeres de uniforme. Alguno con el que tuve más confianza me llegó a decir que eran muy guapas, pero que lo estarían más con un velo".

El policía cuenta varias anécdotas que explica bien la opresión de la mujer en el país. "He visto a un policía apalear a una mujer en mitad de la calle. Y no pude hacer nada. Y he visto a dos afganos liarse a tiros por una discusión tonta sobre la mujer de uno de ellos. En la Embajada había una mujer que nos cocinaba y nos limpiaba. Era encantadora. Un día vino llorando que no podía seguir trabajando para nosotros. Vivía en un pueblo (se hacía cada día unas tres horas en autobús para llegar a la Embajada) en el que había mucha presencia talibán y la habían amenazado a ella y a su familia si seguía colaborando con los españoles. Y no volvió", relata el agente.

Salida de soldados españoles hacia Afganistán. Salida de soldados españoles hacia Afganistán.

Salida de soldados españoles hacia Afganistán. / Sergio Barrenechea / EFE

Antes había estado en Irak y habían matado a una mujer que trabajó para la Embajada, por lo que no estaba dispuesto a repetir esa experiencia ni a arriesgar la vida de la trabajadora. "Contratamos a un hombre, a un hazara, que por cierto estaba muy satisfecho cuando el Parlamento afgano aprobó una ley que permitía a los chíies dejar sin comida a sus mujeres si éstas rehusaban mantener relaciones sexuales con ellos. Yo no me lo podía creer, que un parlamento con Hamid Karzai a la cabeza, un hombre que había venido a hacer reformas, aprobara esa ley. Pregunté si era verdad o no. Y el hazara me preguntaba qué hacíamos nosotros si nuestras mujeres no querían mantener sexo".

También comprobó la corrupción de la Policía afgana. En el perímetro de la Embajada había unos sacos de gran tamaño, llenos de arena y piedras, a los que llamaban Texas y que servían para amortiguar el efecto de una posible bomba. Un día llegó un alto cargo de la Policía afgana, "con el pecho lleno de medallas, siete u ocho policías más y una grúa", dispuesto a llevarse los Texas porque invadían la calzada. "Yo incluso discutí con él, pero que se los llevaba. Al final lo solucionó un traductor, que le dio cien euros, y el tipo se fue dejando allí los Texas".

Llegada de las víctimas del accidente del Cougar, en agosto de 2005. Llegada de las víctimas del accidente del Cougar, en agosto de 2005.

Llegada de las víctimas del accidente del Cougar, en agosto de 2005. / Alberto Martín / EFE

Afganistán deja, además, una cicatriz marcada a fuego entre los militares sevillanos. El 16 de agosto de 2005, un helicóptero Cougar del Batallón de Helicópteros de Maniobra (Bhelma) IV, con sede en el Copero, se estrellaba en las montañas a unos 20 kilómetros al sur de Herat. Fallecieron 17 militares españoles, cuatro de ellos sevillanos. Eran el capitán David Guitar Fernández, el brigada Juan Morales Parra y los artilleros José Manuel Moreno Enríquez y Pedro Fajardo Cabeza. El capitán y los soldados eran naturales de Alcalá de Guadaíra, mientras que el brigada había nacido en Ronda pero residía en Mairena del Aljarafe. Unos años más tarde, 2010, resultaría herido un soldado de Martín de la Jara, en una emboscada en la que murió otro militar español. Sus compañeros hoy contemplan con pena, rabia e impotencia la retirada del país.

El teniente coronel Ramón Clemente y otros guardias civiles, en Qala i Naw en 2013. El teniente coronel Ramón Clemente y otros guardias civiles, en Qala i Naw en 2013.

El teniente coronel Ramón Clemente y otros guardias civiles, en Qala i Naw en 2013. / DGGC

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