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Entrevista a la viuda del vigilante asesinado en el Viso del Alcor

"El tiro que mató a Jero nos dejó malheridos a mi hijo y a mí"

  • María Jesús relata cómo han sido los diez años que han pasado desde el asesinato de su marido y asegura que nunca perdió la esperanza en la investigación policial

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María Jesús le dio mil vueltas al asesinato de su marido, Jerónimo Luna, vigilante de seguridad tiroteado en un atraco a un furgón blindado en El Viso del Alcor. "Yo no podía entender por qué a mi marido le dieron un solo tiro y lo mataron y al compañero cinco y sigue vivo. Como creyente, me rebelé contra Dios, me enfadé. Pero Dios me fue explicando punto por punto y comprendí que a Jero le había llegado la hora y que tenía que aceptarlo, aunque es muy duro". El asesinato ocurrió el 15 de julio de 2008. Durante diez años, la viuda de la víctima se fue aferrando a la religión hasta que logró superar el enorme dolor y el trauma que sufrieron tanto ella como su hijo, un niño que entonces tenía 7 años y que el matrimonio había adoptado de Rusia cuando tenía uno.

Hoy, más de diez años después, ha aceptado contar su experiencia ante un medio de comunicación por primera vez. No quiere dar sus apellidos ni aparecer en una fotografía y que se le reconozca. "Cuando pasó aquello me agobié con toda la gente que me preguntaba y no quiero volver a pasar por ello". Acepta que se le hagan fotos a una de su boda que tiene en el salón. "No creo que nadie me vaya a reconocer". La entrevista se desarrolla en su casa, en un barrio de la zona norte de la ciudad, en compañía de su abogado, Juan Antonio López Pizarro, que ha solicitado ya formalmente la reapertura del caso, que permanecía archivado en el juzgado número 2 de Carmona. La detención del presunto asesino, que ya estaba en prisión por otro atraco, debe reactivar la vía judicial.

El día del asesinato lo tiene grabado en la memoria. "Es que yo viví aquello en directo. Quince o veinte minutos antes me había llamado y me había dicho que el recorrido era muy largo, sin decirme dónde estaba porque eso era secreto, pero para avisarme de que iba a llegar tarde a comer. A los quince o veinte minutos volvió a sonar el teléfono y yo pensé que se le había olvidado algo. Lo cogí y oí los gritos aterradores del compañero, Diego, que no parecían humanos. En un principio no sabía qué era aquella distorsión en la voz. Conforme vi que no se callaba y que yo llamaba a Jero y no contestaba, se me fue haciendo la luz de lo que podía estar pasando. Me fui asfixiando poco a poco, hasta que terminé tumbada en el suelo".

María Jesús trabajaba en Prosegur, la misma empresa que su marido, y aquel día estaba de auxiliar en un colegio en el que también estaba su hijo en uno de los cursos de verano. "El niño vio mi reacción y eso le afectaría mucho después". Ella seguía con el móvil pegado a la oreja hasta que oyó "¡un atraco, un atraco!".

Lo primero que hizo fue llamar a la empresa, que todavía no tenía noticia del tiroteo. Después llamó a su compañero habitual. Jerónimo trabajaba casi siempre en Canal Sur, pero como tenía licencia de armas y había personal de vacaciones, aquella mañana fue requerido para el transporte de fondos. "No he querido ver imágenes, pero me lo imaginaba desangrándose mientras tenía el teléfono en la mano". Esperó dos horas, hasta que vino alguien de la empresa y la llevó al Hospital Virgen del Rocío. Un compañero le dijo que su marido iba muy mal y ella supo que estaba muerto: "Fui yo quien le pregunté a la doctora si había fallecido".

La muerte de Jerónimo la sumergió en una "especie de túnel del tiempo". "Me tiré un año entero con la sensación de que flotaba, de que no era yo quien hacía las cosas". Se rebeló, no paraba de preguntarse por lo ocurrido y trasladaba esa misma pregunta a Dios: ¿por qué no has puesto tu mano?. "Un día, sin saber cómo, sentí una paz grande y al mismo tiempo alguien que me decía: 'Mari, Jero venía con las manos muy llenas. A Diego le hacía falta quedarse un poco más de tiempo aquí. Él está a salvo". Aquella especie de revelación iba acompañada de una imagen de su marido feliz, luminoso y vivo. "No estaba muerto, eso me dio tal consuelo que lo acepté".

La religión le sirvió para superar el enorme trauma causado por el asesinato, tanto a ella como a su hijo. Tuvieron que pasar cuatro años para poder aceptar la muerte de Jerónimo. "Yo tenía 45 años. Todo el mundo me decía que era muy joven y que tenía que rehacer mi vida. Pasado el primer año, que fue el peor, luego vinieron otros tres malos. Yo siempre decía lo mismo: 'Estoy rehaciendo mi vida, pero no hace falta encontrar a ningún hombre. Tengo que aprender a vivir en estas condiciones".

La pareja estaba en su segundo embarazo por adopción. Tres meses después del asesinato le llegó la asignación de una niña, a la que tuvo que renunciar. Su hijo se pasó dos años sin hablar de su padre. "Tiene rabia porque le destruyó un mundo feliz. Estos años han sido muy duros. Era hiperactivo, tuve que buscar un tratamiento médico. El tiro que mató a Jero nos dejó malheridos al niño y a mí. Fue lento salir de aquel agujero. Se llevó dos años sin nombrar a su padre, con lo que eran ellos dos. Hasta que un día del colegio y me preguntó: 'Mamá, si tú te mueres, ¿me tengo que volver a Rusia al orfanato'. Yo le dije que no, que él tenía a sus tíos, sus abuelos... Eso le tranquilizó, y empezó a decirme que si me acordaba de tal o cual cosa que hacía con su padre. Era como si vomitara todo lo que había tenido callado".

Cuenta María Jesús que el niño dibuja muy bien –de hecho está estudiando Bellas Artes– y que siempre que iban al pueblo natal de su marido, Zahara de la Sierra, en Cádiz, el pequeño dibujaba montañas y alpinistas escalando. "Al morir su padre, les quitó el pico y la cuerda y todos llevaban pistola. La psicóloga me dijo que era una reacción normal, que estaba reflejando en el papel lo que tenía en la cabeza. Esa fue la violencia que ejerció el asesinato en el niño".

El caso ha vuelto a ser noticia este verano por la detención del presunto asesino, un atracador de nacionalidad uruguaya que tenía dos muertes a sus espaldas en su país, de donde se había escapado de prisión, y que vivía en Montequinto bajo una identidad falsa. Su nombre real es Sergio Fernando Lima Moreira y vivía con el nombre falso de Daniel Glisenti. En su barrio era conocido como Dani el Uruguayo. La viuda del vigilante nunca perdió la esperanza de que se esclareciera el crimen de su marido, por estancada que estuviera la investigación durante unos años. "Cuando lo enterré, pensé en el asesino. Por un momento no quería verlo. Me daba miedo. Pero supe que tenía que enfrentarme a ello. Y tarde o temprano sabía que tenía que ponerle cara".

Ya el año pasado, este periódico informó de que el sospechoso había sido identificado. A esa noticia hace referencia la viuda. "Cuando salió la primera noticia y vi que no se materializaba, pensé que era un aviso. Y desde entonces he estado preparándome para esto. Cuando me llamó la Guardia Civil y me dijo que fuera, lo tomé como una prueba".

Ahora, entre palabras de agradecimiento a la Policía y la Guardia Civil, sólo quiere que se haga Justicia. "Lo que destrozó valía mucho. Al que se llevó se había ganado el cielo en 48 años, y valía mucho más que los 100.000 euros que robó". La familia se ha personado ya como acusación particular, con el fin de que el juzgado de Instrucción número 2 de Carmona reabra el caso.Confiesa que el juicio preferirá vivirlo “en la sombra”. "No tengo ganas de respirar en la misma sala en la que esté el asesino. Mientras yo casi me moría ahogada con el teléfono en la mano, él estaba allí disparando. No sé cómo voy a reaccionar, por lo que creo que es mejor que me mantenga al margen".

La viuda del vigilante asesinado, al fondo, con las fotos de su marido sobre la mesa. La viuda del vigilante asesinado, al fondo, con las fotos de su marido sobre la mesa.

La viuda del vigilante asesinado, al fondo, con las fotos de su marido sobre la mesa. / Juan Carlos Muñoz

El testimonio del superviviente

Diego Castillo atiende a este periódico en una cafetería de Nervión. Es también la primera vez que habla públicamente del tiroteo que sufrió el 15 de julio de 2008 y confiesa que lo hace sólo por una razón: por la viuda de su compañero y para que el proceso judicial se agilice. No quiere fotos, ni siquiera de espaldas, pero sí acepta mantener una charla sobre el caso. A diferencia de María Jesús, él sí perdió la esperanza de que el autor del atraco fuera detenido. "Yo pensé que no iban a dar nunca con él. Era muy difícil de identificar".

Él mismo lo vio con el casco puesto. "Lo vi el día anterior también. Me fijé en él porque me gustan las motos y vi su indumentaria. No me podía imaginar qué estaba viendo nuestro recorrido". A Diego Castillo aquello le cambió la vida. "Diez minutos antes del tiroteo mi problema era una reforma que estaba haciendo en casa. Me había llamado el albañil y había estado hablando con él. Después, de ese día recuerdo caer de rodillas y perder toda la fuerza de buenas a primeras y ver pasar a mis hijos y a mi mujer en un momento".

La recuperación fue lenta. "El primer año lo perdí totalmente. No era capaz de salir a la calle. Tenía una ansiedad y un malestar enormes. Estaba pensando a diario en lo ocurrido y en si hubiera podido actuar de otra manera. Le daba vueltas a la cabeza continuamente". Iba todos los días a rehabilitación. "Volvía y me encerraba en casa. Recuerdo la primera vez que salí, casi al año. Empecé a salir con las muletas y lo máximo que hacía era dar una vuelta a la manzana y para casa, porque me encontraba fatal en la calle".

Recibió cinco disparos. El que más secuelas le ha dejado es el que le dio en el pie. "La bala atravesó varios nervios. No tengo movilidad en los dedos y me tuvieron que cortar varios tendones. Al menos no tengo dolor". Uno de los disparos se quedó a un centímetro de la femoral. "Un poco más a un lado y allí me quedo". Sus dos apoyos fundamentales han sido su familia y la empresa.

"Me recuperé mentalmente cuando el que estaba entonces de delegado en Prosegur me preguntó cómo estaba. Yo no estaba bien del todo, pero él me dijo que necesitaba ya trabajar y me puso en las oficinas. Aquello me permitió pasar página. Los problemas eran otros. De la empresa sólo puedo decir la verdad, y es que se ha portado muy bien conmigo". Ahora ve la vida desde otro punto de vista. Tuvo la suerte de que aquella mañana había enviado a sus hijos a un campamento de verano a Portugal, de manera que tardaron quince días en enterarse de lo ocurrido. Ahora espera que el juzgado de Carmona acelere los trámites para que el asesino sea juzgado y condenado a la mayor pena posible.

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