Arteria morisca entre el bullicio y el recogimiento
Calle José Gestoso
Vaivén. La calle cumplió un siglo con el nombre de su padrino el año pasado. Abundan negocios señeros que ahora regentan y representan nietos de sus fundadores. Hermana un icono de la tradición con una librería de vanguardia
José Gestoso murió en 1917 y un año después el Ayuntamiento rotuló con su nombre la antigua calle de la Venera, así llamada desde 1384 y que en el plano de Olavide también daba nombre a parte de la plaza de la Encarnación. Gestoso fue un sabio, además de arqueólogo y bibliotecario, que llenó la ciudad de antídotos contra los que han intentado destruirla. Un poso de esencias que en la calle que lleva su nombre mantiene un puñado de buenos ejemplos.
En esta calle que es como camerino, tramoya de la ciudad que se despereza, una calle morisca, la llamó un día Antonio Burgos; o de Nueva York a las sevillanas maneras, apunta el fotógrafo que me acompaña.
Los tres negocios nacieron en la década de los cincuenta. La que siguió a la dura posguerra. Por orden cronológico, Garcigó (1953), Trimber (1956), La Casa de las Planchas (1959). Los tres tienen en común que ahora lleva las riendas la tercera generación, los nietos de aquellos valientes.
Manuel García Gómez tenía los mismos apellidos que el arabista granadino que hizo hablar al siglo XI. Garcigó es el acróstico de sus apellidos. En 1953 se estableció en Orfila, frente al Ateneo. Se especializó en artículos de Piel y de Viaje. Le tomó el relevo su hijo, Manuel García Martín, que lo lleva con sus hijos Javier y Patricia García de Luna. Javier nació en 1967 y duda de que haya una cuarta generación. En Garcigó está El Rápido Americano, una firma de 1933 que fue una revolución frente al “banquillo en el zaguán y el zapatero remendón”.
Le seguían llamando Trinidad. La película de Sergio Corbucci que popularizaron Bud Spencer y Terence Hill podría titular el auge y consolidación de Trimber, suma de las iniciales de Trinidad Berdejo Valenzuela, una mujer de Jaén que en 1956 puso en marcha lo que se conoce como La Casa de los Arreglos. Antonio Martín Berdejo nació en Málaga en 1941 y llegó a Sevilla con once años. Ha hecho sitio a sus cuatro hijos, Raúl, el único varón, que nació en junio de 1977, igual que Raúl González Blanco, y sus hermanas Trinidad, Inmaculada y Yolanda.
Trimber vende, alquila o arregla desde togas a trajes de fiesta, vestuario eclesiástico o uniformes militares de gala. Especialistas en tallas grandes, el sastre es una variante del psiquiatra en los terrenos de la autoestima. Hermanan el pasodoble con la música clásica, porque en Trimber vistieron a la Orquesta Sinfónica de Sevilla y este año estrenarán uniformes los músicos de la Banda Tejera.
José Gestoso era la calle de las Casas. Ya no existe La Casa de los Plásticos, que databa de 1956, y acoge a la tienda Blanco Azahar. La Casa de las Cocinas, esquina con la plaza de San Andrés, fue después Bazar Canarias y Marieta, especializada en trajes de gitana que se fue al Pasaje de los Azahares.
Además de La Casa de los Arreglos de Trinidad, sigue en pie La Casa de las Planchas. “En abril hacemos sesenta años. La abrió mi abuelo Manolo en abril de 1959”. El abuelo Manolo se llamaba Manuel Menéndez Galván, le pasó el testigo a su hijo, Ricardo Menéndez Jimeno, que muere en 1995 y le cede paso a la nueva generación.
Ricardo y Manolo Menéndez Quiroga nacieron el 11 de noviembre de 1968, cumplen años el mismo día que Caballero Bonald y su Campo de Agramante es este espacio de utensilios insólitos, inventos propios del cosmos de Macondo. Mellizos, comparten el mostrador. “Veo difícil que haya una cuarta generación. Esto no da más de sí”, dice Manolo mientras Ricardo atiende a una clienta.
La calle une una Sevilla de recogimiento, la plaza de San Andrés, con otra más bulliciosa, la de la Encarnación. Suenan las campanas de la parroquia de San Andrés, sede de la hermandad de Santa Marta, iglesia donde fue beneficiario el poeta Fernando de Herrera y está enterrado Valdés Leal, dos genios de las postrimerías, y se abre la puerta de la capilla de San Andrés, propiedad de la hermandad de los Panaderos, donde está en besapié el Cristo del Prendimiento.
El milagro de los panes y los peces lo ilustró Miquel Barceló en la catedral de Palma de Mallorca. En la esquina de José Gestoso se vive todos los días. Cuando abren las puertas de la capilla, empiezan a entrar en Cañabota, restaurante-pescadería los camareros para preparar el género. El abuelo de uno de los socios tuvo un puesto de cazón en el mercado de la Feria. Una caja de bellísimas corbinas parece una réplica de la escena de pesca que pintó Sorolla en Ayamonte. No se visten en Trimber, pero forman una orquesta donde nadie desentona. La cañabota es una variedad de escualo, pariente del tiburón.
En la calle José Gestoso estuvo el kilómetro 0 de la ciudad. El centro de gravedad todavía recordado en una placa colocada en el suelo que ayer pisaban los invitados a una boda, metáfora del kilómetro cero de la vida en común, cuando todo vuelve a empezar.
El mismo año del centenario de la muerte de José Gestoso abría sus puertas la librería Caótica. El escaparate está lleno de libros elegidos con un paladar exquisito, como si fueran peces para Cañabota. Pero dentro no todo son libros. En la planta baja, la gente charla y toma café con zumos y tostadas. En la azotea, Mayte Aragón, una de las ocho socios cooperativistas, explica el proyecto de la librería a alumnos de la Universidad Pompeu Fabra, con vistas a las setas de Jürgen Mayer.
Joaquín Sovilla, argentino de Córdoba, es uno de los ocho socios. Llega a Sevilla en 2002, poniendo fin a su vida de profesor en una localidad de la Tierra del Fuego. El 11 de mayo cumple 50 años y volverá a su país para celebrarlo en la clínica Ribadavia donde nació. Es una librería hogareña, con palabras como Ensayo, Poesía o Viajes en los escalones y una fotografía de Silvio en el rellano.
El escaparate de libros se ve desde el mostrador del bar Er Tito, en José Gestoso esquina con Arguijo, calle donde están la Sala Atín Aya y el colegio de las Teresianas. Inmaculada está en el tránsito del desayuno al aperitivo. Dice que hay buena convivencia con la librería, que sus cafés no le hacen competencia. “¿La especialidad? Los desayunos con carne mechada que hace Roberto, el dueño, que es italiano”.
Todavía se conserva el blasón de El Pavo Real, nombre que llevaron primero un antiguo hostal y después una tienda que gozó de mucho predicamento entre gente de los barrios y de los pueblos. Pronto será un restaurante italiano.
El vaivén por la calle es incesante. Tiene razón Antonio Burgos: “Es una calle que es céntrica sin serlo, que es de barrio estando a dos pasos de la Campana”. Los nietos de la tercera generación aguantan el tirón para mantener la antorcha de sus abuelos. La Sevilla de los antídotos de Gestoso contra la vulgaridad.
Su sombra llega a la calle Gravina y a la Macarena
La sombra de José Gestoso (1852-1917) es muy alargada. Hay una Sevilla de Gestoso que trasciende los límites de la calle que lleva su nombre. Siendo vicepresidente de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la Provincia, consiguió que declarasen monumento la muralla de la Macarena y así paralizar un proyecto de 1906 de derribarla. Una placa en la calle Gravina, la de las pensiones, recuerda que allí vivió algunos años y murió el autor de ‘Apuntes al Natural’ y biógrafo de Valdés Leal, el pintor enterrado en San Andrés.
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