“¿Dónde demonios está Alcalá de la Sierra?”

calle rioja

Julian Pitt-Rivers ya llamó la atención sobre el “lecho fluvial” de Grazalema en el primer estudio antropológico de un pueblo andaluz · Llegó en 1949 y le cambió el nombre para burlar la censura

Portada de la edición en castellano del libro de Pitt-Rivers sobre Grazalema. / M. G.

Parece un dibujo infantil. Todas las referencias están escritas en castellano menos una: Casa de Juanito, Huerto de Juanito, Parte del Huerto de Curro, Molino de Alonso, Huerta de Fernando, Almacén de Curro, Canal de El Juncal, Canal de Riego. Todos ellos atravesados por las únicas palabras en inglés del gráfico: The Stream Bed. Traducido, lecho fluvial. Este gráfico es el final del libro de Julian Pitt-Rivers ‘Un pueblo de la sierra: Grazalema’ (Alianza Universidad).

El libro se reeditó en 1989. Las dos primeras ediciones aparecieron en inglés y sin el nombre del pueblo para burlar los controles de la censura franquista. En 1954, con el título de ‘The People of the Sierra’ (‘Un pueblo de la Sierra’) lo editó Weidenfeld and Nicholson en Londres. La segunda edición apareció en 1971 en Chicago, a cuyo departamento de Antropología se incorporó Pitt-Rivers en 1957. “El libro ha sido lectura obligada en muchas universidades americanas”, escribe Honorio Velasco en la introducción.

Sólo aquellas personas que tengan más de ochenta años recordarán la llegada a Grazalema de un joven antropólogo británico el verano de 1949. El trabajo de campo le duró tres años y el libro apareció en 1954. A Julian Pitt-Rivers (1919-2001) lo conocí de forma casual. El británico iba paseando por la calle Torneo con su amigo José María Pérez Orozco, hijo de Montellano, catedrático de Literatura Española y aficionado a los asuntos que interesaban a Pitt-Rivers: la cultura de los pueblos. No me costó ningún trabajo convencerlo para que al día siguiente nos acompañara a un viaje a Grazalema cuarenta y cinco años después de su primera visita. Sus casi dos metros de altura entraron a duras penas en el coche que conducía el fotógrafo Paco Cazalla para compartir una visita inolvidable de la que guardo la dedicatoria de su libro: “Para Paco Correal en recuerdo de nuestro viaje a Alcalá de la Sierra. Con un abrazo de Julian Pitt-Rivers. 26 de marzo 1993”.

Alcalá de la Sierra fue el nombre falso que eligió para el pueblo estudiado. Cuando el libro salió a la calle por primera vez, su amigo John Marks, corresponsal del Times en Madrid, le envió un telegrama: “Conozco cada pueblo de Andalucía, pero ¿dónde demonios está Alcalá de la Sierra?”. En el invierno de 1948-49 pasó tres meses en Sevilla. La Sevilla del cardenal Segura donde todavía vivía Queipo de Llano. Le presentaron a Ramón Carande, que le dedicó una tarde entera y le prestó un ejemplar del libro de Juan Díaz del Moral, notario de Bujalance, ‘Historia de las agitaciones campesinas andaluzas’.

“Como yo estaba interesado en el anarquismo”, escribía Pitt-Rivers, “fue por indicación suya (de Carande) el haber tomado la determinación de visitar la serranía de Ronda, donde, como él me explicó, la historia había sido muy diferente de la que Díaz del Moral había documentado para la provincia de Córdoba”. Los motivos de la elección de Grazalema fueron mucho más prosaicos. “Elegí esta población, en primer lugar, porque me invitaron al casino y me dieron de beber con más diligencia que en cualquier otro lugar en el que estuve”. Vivió durante seis meses en la fonda de Francisco Vázquez y después se mudó a una huerta a dos kilómetros del pueblo.

La primera edición salió en Londres en 1954; la segunda en Chicago en 1971

La Grazalema que visita y estudia Pitt-Rivers tenía 2.045 habitantes y 604 casas. En la actualidad, han sido 1.600 los vecinos obligados por la Guardia Civil a desalojar la población. Las cosas han cambiado. “El correo se recibe en Grazalema seis veces por semana. Lo trae el autobús, siempre y cuando no esté averiado, y llegan periódicos de Cádiz un día más tarde. Una única oficina con un solo teléfono está abierta durante el día”. Hemos podido ver al alcalde, Carlos Javier García, hablando por el móvil con decenas de medios de comunicación.

El recuerdo que tienen los más antiguos, que se remiten a seis décadas atrás, es posterior a la estancia de Pitt-Rivers, pero las dantescas imágenes del pueblo y el nombre de éste le habrán resultado familiares a algunos de los alumnos que fueron a sus clases o lectores de sus libros tanto en Chicago como el Londres, una dedicación que entre estancia, estudio y hasta su publicación le llevó cinco años de su ajetreada vida. Que empezó muy joven siendo preceptor del joven rey de Irak.

Personajes muy importantes de Sevilla tienen vínculos con Grazalema. José Otero Aranda (1860-1934), conocido en todo el mundo como el maestro Otero, autor de un Tratado de Bailes que llegó a Nueva York y a San Petersburgo, abuelo y bisabuelo de los Otero que han dirigido el hotel Inglaterra, nació en Sevilla, pero su padre era de Grazalema. De Grazalema era Francisco Guerrero, de profesión cardador de lanas, el padre de Ángela Guerrero, hoy Santa Ángela de la Cruz. Era hijo de un labrador de Grazalema y de Ángela Benítez, de Ubrique.

Pitt-Rivers contó con la ayuda del secretario del Ayuntamiento, que le dejó el padrón municipal para que lo pasara a mano. Más complicado lo tuvo con el secretario del catastro, que aunque jugaba con él al ajedrez siempre creyó que el inglés era un espía. En su libro habla de uno de los hijos de Grazalema más distinguidos de Sevilla, Francisco Mateos Gago. Fue canónigo, arqueólogo, numismático, teólogo, catedrático de Latín y Lengua Hebrea. El antropólogo se refiere al informe que Mateos Gago dirigió en 1862 al Gobierno para que el ferrocarril que se estaba proyectando por la sierra fuera desde la llanura de Jerez hasta Ronda dándole la salida a la industria de la lana, el oficio del padre de Sor Ángela. “Su propuesta fracasó y el ferrocarril se construyó desde Ronda a Algeciras”.

Hay cosas que no han cambiado. “No es éste un país fácil para carreteras”, escribía Pitt-Rivers. “Las lluvias fuertes y repentinas sobre los reblandecidos terraplenes socavan el más firme de los suelos y, hacia 1930, arruinaron trozos de las dos carreteras de montaña dejando aislada a Benamahoma”. Como casi un siglo después. El lecho fluvial (‘stream bed’) nunca duerme. “… el fondo de los valles está salpicado de fuentes cuyas aguas se deslizan en zigzag marcadas por los álamos, las blancas casas de los huertos, los molinos y las pautas geométricas de los regadíos. Nunca se ha sabido que estas fuentes se secaran, porque se alimentan de reservorios subterráneos rellenados cada invierno con aguas que se filtran a través del suelo horadado”.

Pitt-Rivers le daba las gracias a Gerald Brenan y a Raymond Carr. También a los vecinos del pueblo que convirtió en pionero de la antropología. “Convencidos al principio de que yo debía ser un espía (porque ¿qué otra cosa podría hacer un inglés en Grazalema?) se comportaron, sin embargo, con la mayor de las amabilidades y cortesías”.

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