Más allá del tiempo
Galería del Olvido (II)
El autor glosa la figura de Joaquín Sainz de la Maza (1950-2021), que fue hermano mayor de la Macarena y presidente del Consejo de Cofradías
La explicación de la segunda parte de la serie
Saber estar sin protocolos
No es fácil escribir sobre alguien que además de permanecer tan vivo y cercano en el recuerdo, me honró con su amistad entrañable. Joaquín y yo parecíamos predestinados a ser lo que fuimos, grandes amigos sin que los desencuentros pudieran con nuestro sino. Desde 1967, salvo algún paréntesis, llegamos a ser compañeros inseparables y aunque, finalizada la licenciatura, él se haría cargo de la empresa familiar, Saimaza, fundada por su abuelo en la calle Goyeneta, la vida nos había anunciado que estábamos llamados a compartir muchas cosas. Joaquín podía parecer a veces lo que no era, porque ante todo sabía ser el más serio cuando había que serlo, siempre con una cabeza privilegiada y disfrutando plenamente de la vida con merecimientos acordes a su bonhomía y generosidad. Puedo asegurar que era alguien que realmente merecía muchísimo la pena y que quienes fuimos sus amigos nos podemos sentir unos auténticos privilegiados.
De sonrisa socarrona y bondadosa, un cigarro permanente en la mano y trato amable y cordial, Sainz de la Maza fue en todos los ámbitos un gestor eficaz, hábil, astuto, reflexivo, de ideas claras y de mano firme. Su estilo personalista generaba inevitablemente tantas alabanzas como suspicacias. Exigente consigo mismo y con los que le rodeaban, perfeccionista al máximo en sus tareas. Un poco chapado a la antigua, fue hombre de palabra si bien no exenta de vehemencia cuando la ocasión lo requería. Eso sí, ¡cuidado con darle la palabra porque se la llevaba puesta!, tal vez animado por su carácter jovial, su afición a la política y su vasta cultura.
Entró a formar parte de la junta de gobierno de su Hermandad de la Macarena como consiliario segundo con González Reina en 1981 para luego pasar a ser teniente hermano mayor con José Luis de Pablo Romero hasta que, a su fallecimiento, se vio obligado a asumir interinamente el cargo de hermano mayor, lo que más tarde consolidaría y donde permanecería hasta el año 2001. En 2010 le fue concedida la Medalla de Oro de laHermandad de la Macarena y ese mismo año fue designado por unanimidad por la tertulia cofrade Macarenos del Atrio como macareno del año.
Ya por entonces, Joaquín tenía perfectamente trazada la hoja de ruta tanto como su compromiso. Y así, sin pérdida de tiempo, promulgaría la plena igualdad de derechos y obligaciones entre los hombres y las mujeres, las obras de restauración y conservación de todo el patrimonio de la Hermandad, los solemnes actos conmemorativos del IV Centenario de la Hermandad, el Vía Crucis del Señor de la Sentencia a la Santa Iglesia Catedral, o la creación de la primera página web de la hermandad. Siempre se distinguió por ser persona de una gran eclesialidad, y allí estaba para lo que de él necesitara la jerarquía eclesiástica. Que había que poner orden en una cofradía de Gloria, allí estaba Joaquín para presidir durante tres años la junta rectora de la hermandad de las Nieves. No en vano, ni por casualidad o por capricho, fue designado miembro directivo del Consejo de Pastoral Diocesana y de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar.
Pero al mismo tiempo que hombre de Iglesia, Joaquín supo ser hombre de la calle, de su tiempo, de sus amigos y de sus homenajes culinarios. Nunca se mantuvo encerrado en una sacristía ni cediendo incondicionalmente ante la autoridad eclesiástica, antes bien dejándose guiar por la sabia mano de su gran amigo Juan Garrido Mesa. Tampoco era un beato de los que siempre están presentes y visibles en la ciudad del beaterío. Y, sin embargo, jamás se negó a colaborar y tender puentes ante cualquier conflicto, siempre con ese ánimo conciliador, propio y exclusivo de quiénes van con la verdad por delante.
En el año 2013 fue designado por el arzobispo Asenjo Pelegrina como delegado diocesano para Manos Unidas en Sevilla, institución en la que acreditó hallarse plenamente al corriente de cuanto ocurría en la ciudad y en el mundo. Jamás dudó en poner su esfuerzo y su inteligencia al servicio de la misión. Particularmente relevante resultó entonces su clara y acertada visión acerca de la situación en el Tercer Mundo, de la globalidad, de la incidencia del cambio climático o del incipiente fenómeno de la inmigración. Su forma de entender y abordar estos y otros muchos problemas ofrecen sobrada muestra de su talante firme y enérgico y al mismo tiempo moderado así como de su enorme sentido práctico y su capacidad de trabajo.
En 2015 decide presentarse a la presidencia del Consejo General de Hermandades y Cofradías, decisión que habría de acabar minando su salud y pasándole una gravosa factura a la larga. Tengo para mí por cierto que Joaquín estuvo siempre muy por encima de la media de los cofrades al uso, lo cual seguramente acabara costándole el trato duro e injusto que le fue dispensado tanto por parte de la jerarquía eclesiástica como por el submundo de las cofradías. En particular, fueron los hermanos mayores de las hermandades de Penitencia los que con peor actitud soportaron la llegada de alguien tan estricto y coherente a una institución que creían les pertenecía a ellos. Ciertamente, no se quería a nadie distinto y muy alejado de las rancias formas de los zafios “profesionales” de las cofradías. No obstante, su paso por el Consejo significó la notable mejora en la seguridad de la Madrugada, la racionalización de la trampa que suponían las filas de sillas en la angostura de la calle Sierpes y hasta se atrevió a un invento fallido como fue el del orden inverso del Martes Santo. ¡Pero por todo ello hubo de pagar un altísimo precio!
Cuestiones personales y de salud, y seguramente también una buena dosis de decepción y hastío ante tanta arbitrariedad y mediocridad, explicarían suficientemente que ya en sus últimos años comprendiera que había llegado el momento de la retirada, cosa que hizo sin dilación ni dramatismos. Y es que verdaderamente los tiempos que se avecinaban, y que él supo ver con claridad asombrosa, no eran ya su momento, y, sin embargo, puede afirmarse que el tiempo transcurrido tanto en su hermandad como en general en el mundo de las cofradías no habrían sido lo mismo sin su presencia y firmeza de criterio. Por todo ello y desde mi fraternal recuerdo, has de saber que yo tampoco perdono a la muerte enamorada, ni menos aún a la selectiva elección para arrebatarnos, siempre a destiempo, a los mejores.
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