Ubi sunt qui ante nos
Galería del Olvido (II)
Así reza el himno universitario y de ese modo enlazo con lo que a finales del año dos mil dieciséis había iniciado, una serie de artículos, Galería del Olvido la titulé, a la que puse punto y aparte mediado ya el dos mil diecisiete. Digo aparte y no final pues aunque mi intuición se empeñaba en sugerir que el propósito estaba cumplido con creces y el modelo agotado, algunos, quizás demasiados, incidían en lo contrario. De entre todos ellos fue mi recordado Antonio Burgos quien me convenció de la conveniencia de dar continuidad a lo empezado y entonces lo que iba a ser un obligado epílogo se convertiría en un interludio para finalizar la primera parte de la galería. Muy cierto don Antonio, el olvido puede ser muy cruel pero está colmado de memoria.
La razón les asistía a ellos y la idea, el formato, el concepto mismo, sin ser nuevo ni siquiera propio, debió resultar válido y así ha sido entendido por otros que me siguieron en la noble tarea de desempolvar viejas historias, viejos ítems de la ciudad que, al igual que mis personajes, merecerían cualquier cosa menos el ostracismo. La diferencia tal vez radicara en que mientras aquellos optaban por la “analepsis” o escena retrospectiva, yo elegí el método de la “elipsis” en mi evocación con lo que, siguiendo a Borges en su Jardín de senderos que se bifurcan, el personaje se elevaba a nivel de símbolo. Pero ya dije entonces, y hoy, ahora y aquí reitero, que Sevilla era implacable, arbitraria y hasta desagradecida con sus mejores hijos. Pues precisamente por ellos, aquellos y estos, he decidido proseguir con la serie de la que solo espero evocar y rememorar una memoria oxidada en demasía.
Reanudar es volver a anudar y para ello algo debió quedar iniciado y atado. Es también reanimar lo que permanecía inane por razones varias. El tiempo, árbitro y juez de todo, ha sido elevado y admitido como factor común de nuestras vidas. Y aquí debo precisar algo.
Allá por mil novecientos sesenta y dos, Luis Martín Santos publicaba su novela Tiempo de silencio que curiosamente fue fruto de la reconversión llevada a cabo de otra anterior, Tiempo de frustración, que en mil novecientos sesenta y uno optara sin éxito al Premio Pío Baroja. Y ya su siguiente novela “Tiempo de destrucción”, quedaría para siempre inacabada por la prematura muerte del autor. Quizás todos debiéramos hacer de la necesidad virtud y buscar el valor y el espacio que silencio, frustración y destrucción ocupan en nuestras propias vidas.
A nuestro alrededor todo sigue girando mientras uno se afana por vivir y subsistir. Lo que no sabemos, o tal vez lleguemos a saberlo demasiado tarde, es que nada es novedad en ese escenario. Por eso creo que estos nuevos personajes que ahora desfilan por la nueva galería, tampoco merecerían el silencio y si se les condenara al olvido no habríamos hecho sino encender la llama eterna y estéril de la frustración y entregarlos a la voracidad de un tiempo de destrucción. ¿O es que acaso, tal vez, mi equipaje se halla completamente repleto solo de vivencias y nostalgia?
A ella traeré un puñado de sevillanos y sevillanas, por derecho propio, que mirarán a los ojos al lector que quiera acercárseles. Y será en esa mirada cuando descubramos como el tiempo se congela en el reloj parado de unos hombres sin un gesto de rabia ante el olvido a que fueron relegados. ¡Maldito ese último tiempo, irrecuperable, que nos hace a todos cómplices de continuar insensibles por la vacua senda de la mediocridad y el anacronismo, al más puro estilo proustiano, consintiendo y alimentando el maldito ostracismo oficialista para con quiénes solo cometieron el irredimible pecado de ser mejores que nosotros!.
Y sin embargo el tiempo nada se lleva al cabo, en él nacemos y con él marchamos. La grave paradoja surge cuando somos nosotros los que se lo entregamos todo y su irreparable transcurso acaba por consolarnos. Es así como la condición humana justifica el olvido, la envidia, el desprecio o la ignorancia. No existe peor forma de rendición para el hombre que renunciar a combatir el tiempo con la poderosa arma del presente. Pues no, yo también digo no, —ese es el sentimiento de rebelión que han inspirado algunos pasajes de esta galería— siempre habrá un tiempo para cada etapa de la vida, siempre tendremos tiempo hasta que él mismo decida abandonarnos. Me gustaría convencerme a mí mismo y poder asegurar que Ítaca se halla aún al alcance de todos. Apresurémonos porque pronto nos habebit humus.
Por eso, superado el primer sentimiento de subversión y desaliento que inspiró el origen de esta galería, también hoy digo y quiero creer que existe un tiempo para la esperanza en el que seremos capaces incluso de dominar su huella inexorable. Es el tiempo recreado, casi ensoñado, que se extiende a lo largo de la manriqueña sentencia “...desde que vemos el engaño/y queremos dar la vuelta/no hay lugar....”. Hacia el carpe diem.
No obstante, llegado casi inconscientemente a este punto, no puedo evitar preguntarme si es que no seré yo el último ingenuo, el cándido cantor de una utopía que no alcanza a ver la fatal regresión de los valores. Y sin embargo puedo asegurar que el impulso que siempre me movió cuando abordé ésta galería, fue la gratitud hacia muchos hombres y mujeres, a unos por el mero hecho de haberlos conocido, a otros por el impagable ejemplo que nos legaron. No soy quien para exigir ni para sentenciar, pero me aferro desesperadamente a la vieja sentencia según la que fiat aequitas et pereat mundus.
Vaya pues por ellos, porque son ellos los que impulsaron mi corazón, por ser ellos quienes únicamente y mejor que nadie merecían este testimonio. Sin embargo por más que hayan sido el recuerdo y el reconocimiento los que me movieran, esos que a menudo no resultan ser sino los verdaderos tapados de la vanidad, ya dije en su día que en mi prevalecería siempre la justicia sobre la jactancia, pero también el amor sobre la justicia, valores a los que siempre aspiré. Con esta nueva galería he cumplido lo que hace tiempo me propuse. Mi equipaje continúa repleto de recuerdos pero ya libre de cargas. Al fin puedo decir que ni nada debo ni nada me es debido.
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