Metrópolis: Siete Revueltas

Un vórtice de silencio en el nudo del bullicio

  • Calles de sigilo y paso quedo, historias de citas furtivas en un meandro del callejero atrapado por cuatro plazas como la Encarnación, el Pan, Salvador y la Alfalfa donde conviven el comercio, el turismo, la restauración y los juegos infantiles

Calle Alonso el Sabio (antes Burro), donde se inicia la calle Siete Revueltas. Calle Alonso el Sabio (antes Burro), donde se inicia la calle Siete Revueltas.

Calle Alonso el Sabio (antes Burro), donde se inicia la calle Siete Revueltas. / José Ángel García

ES como un meandro, un zigzag, una quebrada sin diablo, un latigazo de Indiana Jones, un aparato eléctrico diseñado en el plano de la ciudad. No ha pasado el tiempo por la descripción que de la calle Siete Revueltas hace Félix González de León en su Noticia Histórica del origen de los nombres de las calles de esta ciudad de Sevilla (1859).

“Se halla situada en el cuartel B y en la parroquia del Salvador”, dice la nota del historiador. “Se nombra así porque en efecto tiene siete vueltas. Nada hay en ella de particular, es muy angosta y pasa de la calle Burro a la plaza del Pan”. Lo único que habría cambiado, en todo caso, es el nombre de la calle y la plaza que la delimitan. La calle Burro es ahora de Don Alonso el Sabio, aunque los vecinos prefieren la sinmbiosis del centauro –calle Alonso el Sabio antes Burro– y la plaza del Pan, que se sigue llamando así, como la nombraba Cernuda en Ocnos, se rotula ahora Plaza Jesús de la Pasión.

No tiene nada de particular y mucho al mismo tiempo. Siete Revueltas, como las Siete Palabras de la hermandad del Miércoles Santo o los Siete Dolores de Nuestra Señora de la calle que parte de la plaza de San Marcos en dirección a San Román. Siete vueltas por las que no pasa casi nadie, como la queja de Cela en el Viaje a la Alcarria, un vórtice de silencios rodeado del bullicio de un cuadrilátero irregular de plazas: el Salvador, la plaza del Pan, la Encarnación y la Alfalfa.

La calle Siete Revueltas, afluente de sí misma, tiene su torre con pedrigrí. El edificio que José Espiau proyectó en 1925 para Pedro Bernal, que todavía luce su prestigio comercial con un apellido de estirpe de escultores e imagineros en una zona de alta concentración cofradiera.

El pintor Manuel Salinas entra a tomar una cerveza en La Alicantina. El paseante le pregunta si sabe de algún pintor que hubiera tenido su estudio en la calle Siete Revueltas. No le consta ninguno. Ahora se verá que hay un Goya reinventado. Tres años antes de que se levantara el edificio de Espiau abrió sus puertas el bar Europa. El 2 de febrero de 1922. 2 del 2 del 22. “Todo el barrio de la Alfalfa y cuantas personas desfilaron ayer por la Alcaicería de la Loza...”, se lee en la crónica de El Liberal que dirigía José Laguillo. “El bar Europa se ha hecho el establecimiento de moda y por allí desfilará toda Sevilla. Y el que venga una vez”.En cuatro años será centenario. Su primer propietario fue Manuel Gutiérrez. Ha vivido varios traspasos, el último en 2016 a la familia Vega Rioja, pero siempre mantuvo el nombre, el corazón europeo de la ciudad que fue capital del mundo. Con la dialéctica de entorno antiguo y carta moderna. “La cambiamos tres veces al año”, dice José Antonio Romero, que apunta algunas de las exquisitices: croquetas de jamón, crujiente de langostino, tartar de atún. “Fuera de carta, tenemos los boquerones en vinagre al Tío Pepe”, se oye decir a uno de los camareros en la terraza. El bar Europa hace esquina entre Siete Revueltas y Alcaicería, camino de la Alfalfa. Un lugar agradable con una modesta pinacoteca: los Simpson en una recreación de Matt Groening, una nocturna de Edward Hopper y la foto que Juantxu Rodríguez les hizo a Borges y Torrente Ballester en la terraza del hotel Doña María en septiembre de 1984.

La plaza de Jesús de la Pasión o del Pan es un hervidero de turistas. Un pícaro que parece haber salido del azulejo de Rinconete y Cortadillo les cuenta milongas a unas señoras en silla de ruedas a las que han sacado a pasear de su residencia en este octubre primaveral. Está el silencio de recorrer las siete Revueltas hasta Alonso el Sabio o el tránsito y el bullicio de hacerlo por Lineros y Puente y Pellón, con escala recomendable en el bar El Comercio, historia viva y familiar desde 1904. En la esquina de Lagar, obras para convertir en hotel los almacenes Vilima y exorcizar los fantasmas del incendio de hace medio siglo.

Cernuda y Turina fueron vecinos de Siete Revueltas. El primero evoca al segundo sin nombrarlo. De las Siete Revueltas, una es muy singular. Es el nombre que eligieron para el Club de Debate Melchor de Jovellanos, que nació en 1996 en la calle Jovellanos, junto a la Capillita de San José, fundado por treinta universitarios, y hace cinco años se mudó a un local donde exhibía sus primicias el anticuario Pepe Estévez, que antes había sido catedrático de Filosofía y trotamundos.

Juan María del Pino, uno de los fundadores de este lugar de encuentros, recicló el retrato que Goya le hizo a Jovellanos para ponerle un ipad y un iphone. Presentan una media de cincuenta libros al año y cuarenta exposiciones. Ahora mismo, el visitante puede ver una de Elena Grau, profesora de Griego que utiliza las grafías helénicas en sus cuadros, y otra de Damien Carrión, artista de Burdeos. El viernes fue la noche en Blanco con un taller de Arterapia que coordinó Mónica Penella, de La Mirada Psicológica. “Jovellanos es un adalid de las libertades, el progreso y la igualdad”, dice quien lo eligió como mentor. En su primera edición, le dieron el premio que lleva el apellido del intelectual asturiano, alcalde del crimen en Sevilla y oídor de su Audiencia, a Alfonso Lazo, Rafael Manzano, Aquilino Duque y Fernando Parias, que fue alcalde de la ciudad y tiene plaza con su nombre al final de Reina Mercedes.

Siete tramos de calle por los que apenas pasa gente. Si acaso, un abuelo con sus nietos escolares, dos turistas italianas despistadas. Es el contrapunto de Alcaicería o Lineros, situadas a escasos metros. Alonso el Sabio antes Burro une la comercial Puente y Pellón con la más discreta Pérez Galdós. Un cántabro que fue alcalde de Sevilla y un escritor canario que tuvo casa en Cantabria. En la segunda calle, que homenajea al autor de los Episodios Nacionales, estaba en tiempos la sede de la UGT y ahora es un centro de Mayores. Profecía de la última revuelta, la de los pensionistas.

El escaparate está lleno de sombreros. En la puerta se lee la palabra Abierto. La tienda se llama Buffuna. “Tiene una larga historia, ¿se la cuento?”, dice con suma amabilidad Antonio Bosch, valenciano de la Ruzafa. “Yo no vine por los sombreros, vine por amor”. El resto lo hicieron los libros. Patricia Buffuna, un apellido siciliano que viajó hasta Nueva York, ayudaba a su madre en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, donde conoció al cómplice de su vida y su negocio de sombreros que antes de estar en Alonso el Sabio pasó por Siete Revueltas. “No sé cuánto nos queda, porque el centro de esta ciudad se está convirtiendo en papel maché y cartón piedra”. Patricia prepara un sombrero para una boda, una de sus principales demandas. A la máquina de coser, componiento su partitura de tricotosas, la ayuda Andrea, colombiana de Cali, nacida concretamente en la villa de Sevilla. “El himno de mi ciudad dice Sevilla bella como la de España”. Los toreros antiguos, como Pepe Luis Vázquez, hablaban del sinsombrerismo como un símbolo de decadencia. “El sinsombrerismo”, dice Antonio Bosch, “se inicia cuando la cosmética se populariza y la gente empieza a lavarse el pelo”. Sombreros, gorras, pamelas. Y al fondo, varias estanterías de libros. El símbolo de la alianza sentimental entre el valenciano y la sevillana hija de una norteamericana que abrió una tienda de libros de viejo en el barrio de Santa Cruz con el cartaginés nombre de Trueque.

“Siete Revueltas es como un camino hacia ningún sitio. Por aquí no pasa nadie”, dice Juan María del Pino, que nació en Osuna, donde presumen de que cuentan con una calle, la de San Pedro, que figura entre las más bonitas del mundo. El nombre es prosaico, realista, “no recuerda a nadie, es la simple referencia a un hecho cartográfico”. Siete Revueltas. Número primo, pariente de vaqueros y samurais. Dice Juan María que en tiempos fue calle de citas licenciosas y furtivas, pecados consentidos a pocos metros de los confesionarios.

La Revuelta de las Siete Revueltas es un hervidero de actividades. Javier Compás coordina catas de vinos. También se hacen de aceites. Preparan los actos del día de la Hispanidad, con el colofón de un arroz popular; Javier López Fernández, otro ursaonense, dirige una Escuela de Servicios y Emprendimiento. Rubén Vizcaíno está pendiente de los detalles. Jovellanos fue un europeo adelantado a su tiempo, ahora vecino del bar Europa.

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