Athletic-Sevilla | La crónica

Delaney halla un tesoro en San Mamés (0-1)

  • Con un golazo del danés, el Sevilla arranca en Bilbao un triunfo oportunísimo que lo rearma y lo fija en el segundo puesto

  • Salió indemne de una primera parte de continuos regalos atrás

Delaney acaba de hacer su bello y decisivo gol en San Mamés.

Delaney acaba de hacer su bello y decisivo gol en San Mamés. / Efe

El Sevilla, el mismo que está sufriendo un infortunio como no recuerdan los suyos con las lesiones esta temporada, recibió por fin un guiño cómplice de la suerte en el nuevo San Mamés de Bilbao, plaza muy adversa, y se trae tres puntos cuyo valor se multiplica a medida que se repara en todos los factores contrarios que los de blanco tenían cuando saltaron al mojado prado vizcaíno. Un golazo de Delaney, que dibujó una parábola tan plástica como envenenada hacia la escuadra derecha de Unai Simón en el minuto 38, decidió un partido en el que lo que mejor hicieron los sevillistas fue sufrir. Saber sufrir.

El actual segundo clasificado de la Liga se fue al intermedio con ventaja en el marcador por uno de esos misterios insondables que tanto enriquecen el fútbol. Athletic Club estrelló dos balones en los postes, merced a sendos disparos desde el borde del área de Dani García y Unai Vencedor (minutos 22 y 46 de la primera parte) y Bono salvó un gol tapando y alargando el pie en un paradón muy suyo, del nivel de aquella noche contra el Manchester United en Alemania (35’).

Esa actuación providencial del guardameta evitó que el resbalón de Óscar Rodríguez al intentar quitarse un balón de encima en el área sevillista, y el posterior fallo de Diego Carlos en el despeje, que le dejó la pelota a Raúl García para que marcara a placer, resultaran gravosos, además de groseros. Pero lo alarmante de la primera parte sevillista fue que esos dos regalos concatenados sólo fueron dos eslabones de una macabra cadena.

Koundé la empezó en el minuto 9 dando el pase a no se sabe quién al intentar sacar la pelota desde atrás y sirviendo una ocasión clarísima a Iñaki Williams, al que quizás sorprendió la dádiva y no gestionó la jugada del todo bien. Su tiro salió rozando el poste derecho de Bono.

También Augustinsson se dejó comer la tostá por Nico Williams, que fue una pesadilla para el sueco por su movilidad, y su descuido cerca de la portería acabó en otro tiro del hermano menor que se marchó fuera por poco (32’).

Koundé volvió a entregarle de forma incomprensible el balón a Nico en un absurdo pase paralelo al borde del área (34’) y como sonrojante corolario, Diego Carlos volvió a marrar en una entrega muy atrás para que Unai Vencedor estrellara ese balón en el poste antes de que llegara el descanso. Incomprensible, impropio del equipo menos goleado.

La disparatada primera parte que perpetró el internacional francés pudo tener su remate si Medié Jiménez, el árbitro del VAR, se para a escudriñar la acción en la que el galo, al poco del gol, trata de evitar un remate a bocajarro de Muniain, quien además quedó tendido en la hierba quejándose amargamente. No hubo revisión, por una vez en esta Liga el moderno y polémico aparato sonrió a los intereses sevillistas y el equipo de Lopetegui se marchó al descanso indemne ante la incredulidad e indignación de la fogosa parroquia vizcaína.

Las numerosas bajas condicionaron sobremanera el once de Lopetegui, que dispuso a Delaney y Fernando como contrafuertes por delante de la zaga de cuatro, un trío algo más adelantado con Óscar Rodríguez por la derecha, el Papu Gómez por dentro, donde le gusta, y Óliver Torres a la siniestra. Y arriba, peleándose con demasiada gente, incluso consigo mismo, Rafa Mir.

Empezó el Sevilla con buen son, como suele. Queriendo el balón y haciéndose con él. Incluso forja la primera ocasión del partido con una penetración de Koundé, prolongada con un buen centro de Óscar desde la derecha que Delaney cabeceó con muy mala uva. Lekue desvió la pelota y apunto estuvo de colarse junto al palo izquierdo(8’).

Pero un minuto después, se abrió el abanico de regalos defensivos con ese referido pase de Koundé a nadie que Iñaki Williams malogró.

Ni el golazo de Delaney, que fue la segunda y última ocasión del Sevilla en todo el partido, serenó a los defensas de blanco en una primera parte indigna de uno de los mejores equipos del fútbol español.

Tuvieron que atemperarse las pulsaciones con el intermedio para que la defensa encontrara su sitio. Algo tendría que ver también la charla del entrenador. El caso es que el Sevilla salió de la cueva, empezó a tocar más y aunque Mir seguía peleado consigo y los mediapuntas eran más perseguidores que perseguidos, se fue consumiendo la segunda parte bajo un graderío cada vez más apagado.

Marcelino movió fichas y acertó con la entrada de Sancet por un Raúl García más fallón de lo que acostumbra. El sustituto supo bajar a tres cuartos, recibir de espaldas y lanzar al desmarque de ruptura de Iñaki Williams. Varias veces lo hizo y en una de ellas, el centro raso de éste al corazón del área lo cazó Muniain. Bono estaba vendido, sin capacidad de respuesta, pero el capitán rojiblanco metió muy abajo el pie y la pelota se le marchó por encima del larguero como un obús.

Esa última ocasión del Athletic Club fue en el minuto 69, cuando el Sevilla ya sugería, como así sucedió después, que iba a consumir el partido atrincherado y defendiendo con el cuchillo entre los dientes. Ya habían entrado Rekik por Augustinsson, que fue esta vez el lesionado sevillista de cada día, y Joan Jordán por Óliver Torres. Y aunque el Athletic ya apelaba a la heroica como tantas veces en su historia, esta vez acabó hincando las rodillas. Delaney halló un tesoro y todo el Sevilla lo defendió haciendo algo que lo define: saber sufrir.

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