Las Ventas | Decimonovena corrida de la Feria de San Isidro Ferrera, inconmensurable

  • El diestro pacense corta tres orejas y abre la Puerta Grande por segunda vez en su carrera tras derrochar, entre otras virtudes, temple, despaciosidad, naturalidad y torería

Antonio Ferrera, en su salida a hombros de la plaza de toros de Las Ventas. Antonio Ferrera, en su salida a hombros de la plaza de toros de Las Ventas.

Antonio Ferrera, en su salida a hombros de la plaza de toros de Las Ventas. / Fernando Alvarado / Efe

La afición de Madrid tributó una ovación de órdago a Antonio Ferrera tras finalizar el paseíllo en su retorno a Las Ventas. No sería la única porque el público se dejó las manos ovación tras ovación según desgranaba el pacense una obra de arte de primer nivel con Bonito, cinqueño, negro, listón, serio, de preciosas hechuras y nobleza a raudales. Ferrera brindó al cielo, a Fernando Domecq, el ganadero que fuera propietario del hierro de Zalduendo, divisa que lidió un encierro bien presentado y de juego dispar. Sin probaturas, dibujó una serie de bellos naturales que impresionaron. Sin el estoque simulado, con quietud, temple y naturalidad toreó de manera despaciosa por ambos pitones, especialmente con la izquierda, con la que dibujó un natural interminable que puso al público en pie y coreó con oles la mayoría de los muletazos. El toro acabó rajado. Ferrera, en lugar de asegurarse en la suerte suprema, arriesgó al máximo y citó a unos quince metros al toro para matar recibiendo –a la memoria me vino una escena de Luis Francisco Esplá–. El pacense continuó toreando, a lo Julio Robles, al toro herido de muerte. La estocada quedó algo caída y pese a que el público solicitó con fuerza las dos orejas merecidas, el presidente únicamente concedió una. El torero dio dos vueltas al ruedo clamorosas y la bronca al presidente se debió escuchar más allá de la M-30.El cuarto, de ¡607 kilos!, alto, sin cuello, prometía poco por sus hechuras. Pero ahí estaba de nuevo Ferrera, quien tras marcarse el Quite de Oro –ese que creara el diestro mexicano Pepe Ortiz a principios del siglo pasado–, dictó una lección de tauromaquia con oficio, claridad de ideas y gusto. En la primera parte de la faena sobó al toro, que acabó entregado en su muleta. Otra vez sin la ayuda, imprimió muletazos de calidad con la diestra. Con la izquierda hubo golpes de intensidad con naturales y un pase de pecho a la hombrera contraria que cautivaron al personal. El cierre, con varias estampas de tauromaquia a la vieja usanza entre gritos de “¡Torero, torero, torero!” fue la antesala de una estocada hasta la bola en lo alto. El público solicitó dos orejas, que en esta ocasión concedió el presidente.

Curro Díaz estuvo bien ante el peor lote, al que despachó de sendas estocadas tras dos faenas de entrega, salpicadas con su torería habitual. Ante su primero, cuesta arriba, de generosas perchas y con escaso recorrido, fue alargando los viajes del animal en una faena con buenos muletazos por ambos pitones.

Ante el bien armado y largo quinto, con nobleza y sin entrega, Curro Díaz dibujó bellos pases sueltos por ambos pitones y remates con calidad.

Luis David, con máxima entrega, dio la talla. El tercero, cinqueño, serio, noblón, se astilló el pitón derecho al rematar de salida en un burladero. En algunas ocasiones se frenaba y humillaba en la persecución de la muleta. Luis David realizó una faena a más, logrando lo mejor con la diestra en un par de tandas, en un epílogo con manoletinas ceñidas y principalmente en una gran estocada en lo alto. Fue ovacionado tras leve petición de oreja, denegada.

Con el bastote sexto, que blandeó en varas, aunque luego se entregó en la muleta, Luis David, que brindó a sus apoderados, la familia Bailleres –propietaria actual de Zalduendo–, tras unos estatuarios, fue cogido de manera aparatosa. El toro le buscó con saña y estuvo a punto de propinarle varias cornadas en la cabeza. Cuando le llevaban a la enfermería, retornó al ruedo, se despojó de la chaquetilla y se entregó con una vergüenza torera irreprochable, cerrando la faena con unas bernadinas. El diestro mexicano falló con la espada.

Antonio Ferrera, quien ganó a ley su segunda salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas se mostró inconmensurable tras derrochar, entre otras virtudes, temple, despaciosidad, naturalidad y torería.

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