Rubén Pinar fue el triunfador en Santander en dos faenas distintas

Más liviano y poco estético en su primer toro, estuvo valiente y muy de verdad en el que cerró el festejo

Juan Miguel Núñez / Santander

25 de julio 2010 - 01:00

Toros. De Puerto de San Lorenzo, el cuarto sobrero, aceptablemente presentados, con notable desigualdad, y de poco juego por falta de raza. El mejor, el bravo y noble tercero, aplaudido. TOREROS: Enrique Ponce, corta y tendida (silencio tras leve petición); y pinchazo, casi media y descabello (gran ovación tras aviso). Manolo Sánchez, pinchazos, media baja y tendida, y seis descabellos (silencio tras aviso); y pinchazo y chalequera (silencio). Rubén Pinar, caída, larga agonía y descabello (oreja tras aviso); y pinchazo y estocada (oreja tras aviso). Incidencias. En cuadrillas, buenos pares de Alejandro Escobar y José María Tejero en el primero. La plaza se llenó en tarde espléndida.

Pinar cortó dos orejas, una de cada toro de su lote, con los que mostró dos caras notablemente diferentes, más liviano y poco estético en su primero, y valiente y muy de verdad en el que cerró plaza. Tarde amable, pero más por la generosidad y condescendencia de la gente que por lo que prestó el ganado.

Ponce, en maestro, dominador de una técnica infalible. El primer toro de la tarde, en sus manos, disimuló mejor los inconvenientes de los viajes inacabados. Muy buenos, por estética y mando, los muletazos genuflexos en la apertura de faena. Lo demás, medios pases a las medias arrancadas. No llegó lo suficiente a la gente.

Lo bueno de Ponce vino con el cuarto. Abanto de salida, sin hacer caso a los capotes y viniéndose cruzado, tuvo su miga en los dos primeros tercios. Ponce se la jugó en la muleta con raza y conocimiento, y sobre todo con ambición de figura del toreo. Dos faenas en una, la primera para hacerse con el toro, enseñándole a embestir. Y una vez metido en la muleta, toreándole a placer, sobre todo por el pitón derecho, pues no tragó tanto el astado por el izquierdo. La fase buena, hay que hacer hincapié, tuvo temple y donosura, la gracia torera de los privilegiados. Brilló una vez más la difícil facilidad de Ponce. Lástima que no acertara con la espada.

A Manolo Sánchez se le estropeó su primera faena cuando más y mejores esperanzas había de triunfo. El trasteo iba in crescendo hasta que se lesionó el animal la mano izquierda.

El quinto fue también toro fuera de tipo, y no embistió, tomando los engaños al paso, sin terminar de entregarse. Manolo Sánchez lo intentó de mil maneras, pero siendo el toro topón y pegajoso, el empeño resultó inútil.

Pinar se encontró con el toro de la tarde, el tercero, un toro con calidad, no obstante también con sus exigencias, pues había que llevarle a media altura y sin violentarle. Todo lo contrario de lo que Pinar hizo en los principios de faena. Pinar había toreado forzada la figura y con algún que otro inapropiado chicotazo, además de los inevitables invertidos, al final le dieron una oreja.

Redondeó su tarde Pinar en el sexto jugándosela con mucha seguridad y aplomo para cortarle la oreja a un toraco que reponía las embestidas, que tan pronto tiraba tarascadas como se desentendía. El albaceteño se ganó el respeto de la plaza por el tremendo paquete que terminó pasando. Y cortó la oreja que necesitaba para estar en la Puerta Grande.

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