Dionisos habla de austeridad

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El histrión que lleva dentro, que tan buenos momentos nos ha hecho pasar, no faltó a la cita. No obstante estuvo comedido, un marco de austeridad dado tanto por los estilos seleccionados como por la puesta en escena, vestuario, luces, etcétera. Disfrutamos de todo el baile que Canales lleva dentro, como hacía tiempo que no lo hacíamos. No faltaron los gestos destemplados, el mesarse los cabellos, el "crujir de dientes"... Pero sin excesos. Ya que es un bailaor excesivo. Por eso la austeridad le sienta tan bien. ¿Quién puede hablar mejor de la desnudez que aquel que se ha travestido? Puede ser cierto que el bailaor sevillano inicie, como asegura, su camino de vuelta a la raíz, al flamenco en el tuétano. Da igual. Conocemos la incontinencia verbal de nuestro protagonista. Da igual. A sus seguidores, entre los que me cuento, nos resulta encantadora esta faceta suya de charlatán. Mas lo que importa es lo que se vio anoche en la escena.

Se vio a un hombre que acumula mucho baile en su cuerpo desnudo. En sus pies, en sus brazos, en su torso. También en su espalda. Que se aleja del exceso, un exceso que, como digo, no deja de ser su máscara más adorable, para vestirse también de esencia. En la seguiriya no marcó la letra. Salió en plena subida de ritmo. Pero no ocurrió lo mismo en la soleá. Aquí vimos al Canales más plausible de hoy y de mañana. La vuelta del exceso y de la noche. Quien ha coqueteado con la verdad y la farsa: de los clásicos griegos a la Bernarda lorquiana, también con más de una impostura. Sólo que, afortunadamente, no engaña a nadie, se le ve venir. Y anoche lo que vimos venir fue la verdad. El torso desnudo de un hombre que, si se ha mentido (y lo ha hecho) ha sido por seducirnos. Por una suerte de amor (mal entendido obviamente). Quedan ciertos tics, como recuerdo casi entrañable de su bajada a los infiernos. Queda el marcaje de la soleá y luego el animal que es Canales, el salvaje en el que nos reconocemos, en el que proyectamos nuestra esencia carnal. Salvaje, le llamó El Farru desde la fila nueve. Canales marcó amablemente la letra y luego se rompió el corazón.

Tuvo la inteligencia de no completar el espectáculo con un epígono suyo, como en otras ocasiones. Galván puso sobre las tablas personalidad y enjundia. Eso sí, a un ritmo frenético. El propio de la estética Canales. Los grandes artistas tienen el peligro de quemar a sus colaboradores. Ese peligro, por ahora, no afecta a Pastora. Por su capacidad técnica, que la hace camaleónica sin perder el sello propio. No obstante sería bueno, para ella como artista y para el espectáculo de Canales, que no renunciara a su personalidad.

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