el poliedro

José / Ignacio Rufino

Adiós, Gran Bretaña, o lo que seas

Las consecuencias que traerá el 'Brexit' van a ser todas especialmente dañinas para todos en el medio plazo.

DIEZ horas después de la incredulidad que me asalta por lo que dice la radio mientras medio dormía en plena madrugada de ayer, ya nadie habla de otra cosa que del brexitazo, la espantá nacional-cateta del Reino Unido (ésta es mi opinión: una decisión ignorante, epidérmica y sumamente riesgosa). La autosuficiencia y el sentimiento de superioridad que se inoculan desde la escuela a los ingleses han dado sus frutos, aunque nos tememos que la circunstancias del antiguo imperio no son las mismas que hace un siglo. Sin duda, ese gran país acabará encontrando su lugar bajo el sol. Pero, ¿y mientras, qué? Justo diez horas después del duermevelas, el Breaking News de la BBC -no del Troler Daily ni del websniper- hace pop en la pantalla del móvil: "Morgan Stanley da orden de traslado a 2.000 empleados suyos de la City de Londres a Fráncfort y Berlín". Daño emergente, lucro cesante y todo lo que ustedes quieran. El dinero huye del capricho xenófobo y la irracionalidad (irracional es crear un argumentario victimista, anecdótico y emocional sobre la relación de un país -esencialmente independiente y aislado como pocos- con una institución supranacional. Allí se han argüido hasta la saciedad cosas tan desquiciadas como que las regulaciones extranjeras comunitarias les obligan a comprar pepinos o plátanos de cierta medida exacta, algo intolerable. Soberanía fálica, whatever. Una trola).

Cameron -que se ha propinado una merecida patada trasera: adiós a tu carrera- hizo de una burda estrategia personal en su partido un incendio global de impredecibles consecuencias. Un farolero que acabó de pirómano, con todo su Eton y su Oxford. Atribuyen a Churchill -cómo no- aquello de que los referéndums se convocan para ganarlos, no para perderlos. Enumeremos sólo algunas de esas consecuencias, más allá de la huida de grandes compañías y gestores de los ahorros y dineros planetarios hacia destinos más seguros (lo cual hará saltar por los aires la economía de la metrópoli que quizá sea hoy el centro del planeta, y la más cosmopolita, Londres). Escocia, donde la permanencia o Bremain ganó sin ambages, alega que los términos de su contrato territorial con Reino Unido han cambiado a instancias de terceras partes, la voluntad escocesa no prima y, por lo tanto, reclama un nuevo referéndum de secesión porque el escocés, antes que inglés, cualquier cosa, y mejor ser europeo de pleno derecho. Por cierto, los muy apetitosos recursos petrolíferos de Escocia desaparecerían del PIB británico y del londinense, donde se mercadea dicha commodity. Irlanda del Norte, donde también ganó la continuidad, ha dicho por boca de uno de sus partidos regionales gobernantes, el Sinn Féin, que abren la puerta a abandonar Gran Bretaña, para integrarse en una nueva Irlanda unida, un escenario realmente arcádico y céltico. Un panorama no muy halagüeño para los británicos. Cosas que tiene aquello de "un hombre, un voto". (¿Para qué los referéndums en asuntos acerca de los que casi nadie tiene ni pajolera idea?)

Y luego debemos considerar, y asustarnos, el daño colateral, que no por ello menor. Ya aprovechan los trenes baratos los populistas derechistas como Le Pen u otros en Holanda -una Inglaterra más alta, su clon y gran socio continental-, y también los populistas italianos y españoles de izquierda -no sólo Podemos, también el PSOE en este caso- que se apresuran a interpretar que esto ha pasado por las políticas de austeridad. No acabo de pillar el razonamiento, hay algún eslabón perdido, de esos que haría saltar al abogado yanqui: "¡Argumentativo, señor juez!". Qué decir de la centralidad brutal que este abandono otorga a Alemania en esta parte decadente pero quizá la más rica y avanzada del planeta. A la movilidad geográfica de sus traders nos remitimos.

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