Por montera

Mariló Montero

Agapito

NO deja de tener cierta ironía que una persona que ha estado sola toda su vida sea conocida, después de muerta, por casi toda la sociedad. Agapito fue abandonado con tres años en el Hospital Provincial de Pontevedra cuando éste era un centro de beneficiencia. Se entiende que fueran sus padres o su madre quien al ver que el pequeño tenía espina bífida, que tres de sus cuatro extremidades no le funcionaban y que era disminuido psíquico no se sentiría con fuerzas de criarlo y lo tiró en la puerta del centro. Lo tiró mejor que matarlo, claro, visto el gran abanico de posibilidades que hay para acabar con una criatura que no sale como tú lo habías soñado. De Agapito no sabemos ni si nació con los ojos azules, era rubio o la tenía la sonrisa de picarón. Nos lo imaginamos siendo recogido en la puerta del centro por un empleado y allí se quedó. Agapito ha tenido una familia sin fin, toda la que dan las jubilaciones y nuevos destinos de los empleados durante setenta y seis años. Su casa era su cama. La número 2 de la habitación 415. Las mudanzas que sufriera Agapito eran de planta a piso y de puerta a un nuevo quicio. Nada más. Agapito sería el juguete de quienes le adoptaron. Una vida atrapada entre las paredes de un hospital. ¿Dónde mejor iba a estar? Allí lo tenía todo y todos sus derechos: familia numerosa, amigos de huesos rotos que van y vienen en función de sus enfermedades o accidentes y la mirada compasiva de las monjitas. Siempre las monjitas. Agapito por aquí Agapito por allá, dirían ellas que se desvivieron por atenderle. Pero Agapito resulta haber sido un tipo alegre a pesar de su deficiencia psicológica y física. Logró trabajar como guardián de las llaves del almacén de medicamentos. Sólo una vez se enfurruñó cuando un paciente vietnamita le trincó sus ahorrillos. Se paseaba por los pasillos en su silla de ruedas detectando el olor a azufre de quien iba a morir. Había desarrollado esa inquietante habilidad que tienen los perros, algún gato y otro animal. Con 79 años sólo salió una vez del Hospital. Digo de su casa. Un amigote, el celador Eloy, ya fallecido, se atrevió a llevarle a ver el mar. Sería de lo poco que le quedaba por ver del más acá que lo alcanzara desde la ventana. Seguro que su amigote Eloy, el que le llevó a ver el mar, correría raudo hasta la 415 para mover la cama 2 hasta el cristal de la ventana para que Agapito viera, llover, granizar, nevar. Para que viera el sol y le contara cómo era la vida más allá de la cama número dos de la habitación 415.

Agapito ha sido un desconocido para todos nosotros durante estos 79 años. Fue despedido como un familiar por los invitados a su casa, médicos, enfermeras que se ha encontrado de paso por su vida y a los que ahora sólo se les hace raro pasar por el pasillo y no verlo. ¿Se puede morir sin haber vivido?¿o la vida es lo que cada uno ha vivido?

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