El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Ahora vas y compras en un chino

La entrada en el marco comunitario trajo a España regulaciones medioambientales y sociales que no nos habríamos dado nosotros en lustros

HACE ya años, en una de esas bodegas de Jerez con nombre inglés cuyos vinos no los beben los nacionales, sino que van masivamente a nutrir la marca blanca alemana o inglesa, un gran mayorista germano vino a visitar las idílicas instalaciones de la empresa. El anfitrión, orgulloso del señorío y la solera que irradiaban pabellones, patios y botas, hizo ver a su cliente que las golondrinas anidaban año tras año por los rincones y arcadas de la bodega. Un detalle bucólico, pensó el bodeguero, que incurría en la habitual sobrevaloración española de las golondrinas, ave urbana tan bella como ruidosa y sucia, que supuestamente alivió a Cristo en la cruz quitándole las espinas de la frente. Los alemanes no deben contar tan dudosa leyenda a sus niños, y el inspector dijo: "Esos nidos y esos pájaros, fuera, o no hay trato". "Pero, pero… ¿por qué?". "Porque nuestra política de calidad prescribe que no podemos aceptar en los proveedores extranjeros lo que no acepta nuestra ley en Alemania. Nuestros clientes nacionales son exigentes y responsables, y no compran productos de dudosa trazabilidad; que estén abonados con productos prohibidos allí, o fabricados en fábricas más contaminantes que las de allí, o ensamblados con manos infantiles o explotadas… tampoco elaborados bajo excrementos y plumas de pájaros". Superado el shock, el dueño de la bodega mandó quitar los nidos.

La entrada de España en Europa no sólo supuso la aparición de oportunidades y ventajas comerciales, sino que obligó a un país socialmente poco concienciado a asumir leyes y regulaciones medioambientales y sociales que aquí no hubiéramos desarrollado motu proprio en muchos años. Nuestro cemento y otras industrias dejaron de ser tan competitivos como lo eran cuando ensuciaban más y pagar las multas era rentable, pero en general nos pusieron -gratis- las botas de las siete leguas en responsabilidad social corporativa (término que entonces no existía, por cierto). Aun así, España hoy, salvo un par de regiones excepcionales, es un país donde el coche domina los espacios, las calles están tan sucias como limpias están las cocinas, y el ruido chirriante y el negro humo de mi moto, con que no lo perciba la Policía, basta. Esta falta de conciencia protectora de lo común, esa miopía y ese cortoplacismo social que, de nuevo en general, no ha mejorado con las nuevas generaciones simboliza nuestra condición de consumidores. El español medio no se pregunta ante la laca de uñas, el picardías, las pilas, el candado o la fregona: "Y tú, ¿de quién eres?". Se va al chino y compra lo más barato.

Circula un vídeo de un profesor de Economía (Julián Pavón en Youtube: "Modelo parasitario chino de expansión económica") que critica esta condición consumidora española. Para ello, describe el comucapitalismo chino (ése que esta semana ha prometido echar un flotador a nuestras cajas; no se crean nada) como madre de todas las estafas planetarias. El esquema -simple pero con pegada- que defiende Pavón con vehemencia es el siguiente: el Estado chino crea empresas chinas que emplean a chinos para fabricar productos chinos en China, que se venden a precios sin competencia a consumidores de fuera. Los ingresos por ventas van a bancos chinos que llevan el dinero a China. Con las reservas estratosféricas en divisa obtenidas, China compra el mundo: materias primas estratégicas en África y Latinoamérica (o cajas en España...). Consigue el control de la economía mundial. Una implacable estrategia de hormiga orquestada desde el Partido Comunista chino. Quien me manda el vídeo del catedrático apostilla en su email: "Ahora vas y compras en un chino". No es una cuestión de forma de ojos y color de pelo y piel, es una cuestión de competencia y reglas del juego. La defensa sólo puede venir de los consumidores responsables, que los hay.

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