SI fuera por ellos, Sevilla seguiría siendo una estampa en lugar de una ciudad. Una ficción en vez de un lugar. Un sueño (con mucho de pesadilla) en lugar de un posible hogar compartido. El proyecto que Vázquez Consuegra ha concebido para las Atarazanas ha provocado la airada reacción de algunos de los sectores más conservadores -que no conservacionistas- de Sevilla, contrariados porque, a pesar de no tener presupuesto alguno, ni respaldo jurídico de nadie, ni siquiera entidad, sus particulares ideas sobre este edificio han sido desoídas por las administraciones y, en último término, hasta por Zoidoalcalde. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Un rotundo fracaso, algo inaceptable dado que llevaban -y llevan- de embajador a un prohombre como Manuel del Valle, ex alcalde.

Hoy tienen convocada una mesa redonda en el Ateneo para debatir sus propios dogmas. Libres son de discutir lo que gusten. ¿Quién se lo impide? Sin embargo, lo que ayer preocupaba a alguno -otros son unos auténticos caballeros- era que alguien los oyera y, a ser posible, les brindara un titular de periódico que hiciera a los políticos pensárselo dos veces -ahora, en elecciones- antes de dar luz verde al proyecto del mejor arquitecto que ha dado Sevilla en décadas. Dado este anhelo, su posicionamiento debía parecerles a ellos mismos ínfimo. Quizás porque es justamente así.

El proyecto de Vázquez Consuegra acaso no guste a todos, pero tiene la inmensa virtud -frente a las peregrinas ocurrencias de esta sociedad civil, tan dada a los padrinos-, de entender y vincular en un magnífico ejercicio de síntesis la Sevilla histórica con una ciudad presente que, mal que les pese a los costumbristas de guardia, siempre atentos a establecer las esencias de la sevillanía, es tan inevitable como rotunda. Está aquí. Es la que existe. No hay otra. Critican a Vázquez Consuegra por proyectar el CaixaForum sobre las Atarazanas, lo que, en su opinión, implica su destrucción. Al parecer, esto es un anatema. Y también es lo que hizo Hernán Ruiz en la Giralda: cimentar el Renacimiento sobre el alminar desde el que el muecín llamaba a la oración y defendía la sharia. Justo igual que ahora.

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