Visto y Oído

Antonio / Sempere

Apagón

QUE la programación de Telecinco no es ni más ni menos que un contenedor de publicidad ya lo sabíamos. Lo curioso es que ni siquiera necesiten disimularlo. Esta semana han estrenado Se enciende la noche, un vomitivo formato que aglutina lo peor que puede ofrecernos la televisión actual (banalidad, banalidad y más banalidad y morbo, morbo y más morbo). Sin inteligencia. Sin imaginación. El programa está partido en dos trozos. Se supone que de las 22:00 a las 22:30 se emite la primera parte, y a partir de la medianoche, después del programa de prime time de la jornada, el resto.

¿Qué ocurrió en esta primera semana, en la que se supone que no sólo hay que demostrar la honradez, sino que hay que aparentarla? El programa de Jordi González (¿pero qué hace un chico como tú en un contenedor como éste?) arrancó pasados diez minutos de las diez de la noche, para inmediatamente, a las diez y cuarto, dar paso al bloque publicitario. Un bloque que se sumó a la media hora de publicidad previa que se acababa de emitir entre el informativo y esta nueva oferta.

Durante estas primeras jornadas la carnaza con la que han intentado atrapar a la audiencia ha sido el asunto de la niña Asunta. Pura carroña. Ver al enviado especial del programa entrar en directo desde una desierta plaza del Obradoiro, producía arcadas. Si esta semana acaban de entregarse los Premios Ondas, sin duda que Enciende la noche, paradigma de lo que no se debe hacer, sería acreedor de unos antipremios que se atreviesen a dar tirones de orejas con autoridad moral. Que se emita precisamente en la cadena líder, la más vista con diferencia, no habla demasiado a favor del estado de las cosas. De nuestras cosas.

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