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Rafael / Padilla

Automatización

LES hablaba la pasada semana de la automatización y de su pésima incidencia en el mercado mundial del trabajo. Les decía allí que nos encontramos ante una encrucijada compleja: ni podemos detener el avance de la ciencia, ni sabemos cómo reorganizar una sociedad tecnificada en la que millones de personas no van a tener empleo.

El panorama se agrava porque, como viene ocurriendo en la última década, a una mayor abundancia acompaña una disminución drástica del número de personas que pueden acceder a ella. Una minoría acapara toda la riqueza, la clase media, cuyas habilidades ya no son útiles, desaparece y crece exponencialmente el número de pobres.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo resolver la diabólica paradoja? Me referiré hoy a dos alternativas que tratan de acompasar la evolución de las mejoras tecnológicas a la también imprescindible mejora ética de la sociedad que despunta.

La primera la formula el analista Douglas Rushkoff: para él, habría que preguntarse si en verdad el desempleo es ya un problema básico. Occidente -señala- produce lo necesario como para dar abrigo, alimento, educación e incluso sanidad para toda su población y para eso bastaría con que trabajara una fracción de los que ahora trabajamos. Según Rushkoff, nuestro problema no es que no tengamos suficientes cosas, es que no tenemos suficientes maneras para que la gente trabaje y demuestre que se merece estas cosas. "La pregunta que tenemos que comenzar a hacernos es cómo organizar una sociedad alrededor de algo más allá del empleo". De lo que carecemos, señala, no es de éste, sino de una forma de distribuir con justicia los bienes que hemos generado a través de nuestras tecnologías. Si aceptamos, finaliza, que el alimento y el hogar son derechos fundamentales de todo ser humano (de ambos hay para todos), entonces el resto del trabajo que haríamos serviría para adquirir aquellas cosas que, aunque gratificantes, no son indispensables.

Con parecida lógica, el pionero de la realidad virtual Jaron Lanier, partiendo de la garantía de los mismos derechos, considera que el trabajo sería más una actividad creativa que un empleo. Un añadido, al cabo, una bonificación más que una obligación.

¿Utópico? Quizá. ¿Descartable? En absoluto. Ante el eficiente y próximo dominio total de la máquina, por arduo y arriesgado que nos parezca, no es ni mucho menos impensable un escenario en el que el reparto de la riqueza no esté basado en el trabajo.

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