El poliedro

El té de las cuatro

Tras el supuesto ninguneo de Brown a Zapatero, la prensa europea baja los humos a las pretensiones españolas

ESTA semana, muchos hemos compartido con emoción el exitazo de Pau Gasol en su primer partido con Los Angeles Lakers, verdadera aristocracia mundial del baloncesto, con permiso de los Boston Celtics. Ante el telediario y reconciliados por unos segundos con la a menudo repelente realidad, hemos podido ver cómo un buen chaval, seguramente alimentado con dosis monótonas de pedagogía mesa de camilla, triunfa apoyando su gran talento con esfuerzo y sacrificio, organización, tímida naturalidad, compañerismo, buen humor, falta de complejos y sencilla valentía: un deportista. Los buenos, por lo tanto, también llegan, y no es exagerado creer que figuras como la de Gasol son excelentes modelos para niños y jóvenes (bueno, para cualquiera, la verdad).

Pero creo que, además, el catalán contribuye con una estimable palada de arena a la causa de la imagen de España en el exterior. Para colmo, este prodigio de polivalencia en la cancha tampoco tiene complejo por ser español. Sin ánimo de magnificar el hecho, nuestro país necesita de simbolismos con esta pegada. Porque no todo suma en el empeño de ser alguien como país en el concierto económico y político. Ni mucho menos.

Podemos afirmar por algunos síntomas recientes que España no cae siempre bien, y que en ciertos ámbitos se nos tiene como un nuevo rico que ha sacado pecho en el barrio y que, ante la llegada de las apreturas, se espera nuestro batacazo con mala baba y envenenado regusto. A las pruebas nos remitimos.

Gordon Brown, premier británico, convocó hace diez días a los aventajados europeos para tomar el té en Downing Street mientras debatían la crisis financiera internacional. Merkel, Sarkozy, el ya defenestrado Prodi y el propio Brown componían el póker de ases europeos. El té de las cuatro potencias, probablemente servido con sobrada sencillez a las cinco en punto. Hurgando en la herida de la debilidad exterior del Gabinete de Zapatero, Rajoy calificó la ausencia de España de "bofetada" al orgullo patrio y de "drama".

El vicio de extremar los juicios rebaja la carga de razón que pudiera apoyar el argumento de fondo, pero, en cualquier caso, ¿qué argumentos avalan la presencia de España en ese grupo de élite? Según bastantes analistas europeos, ninguno o muy pocos, si miramos algo más allá que en el crecimiento del PIB per cápita. The Brussels Journal, por ejemplo, publicaba esta semana hasta 25 razones para bajar los humos españoles (Is Spain an influential country?, en internet en http://www.brusselsjournal.com/node/2931).

Con cierto tufo a tirria, los datos son poderosos, y nos muestran nuestra posición relativa en ciertos indicadores de uso común en cada materia: competitividad, nivel educativo, corrupción, igualdad, piratería, consumo de drogas, demografía, gasto militar, protección del medio ambiente, calidad de vida en grandes ciudades, venta de armas militares. Ninguno da para presumir. Ciertamente, no es fácil contraargumentar. (Dicho sea de paso, bajo la cabecera belga reza La voz del conservadurismo en Europa, por lo que Zapatero no puede esperar vaselina, y los indicadores, siendo pertinentes, no son todos los posibles).

Si echamos un vistazo a cierta prensa británica -como las cabeceras The Daily Mail y The Guardian- esta semana, veremos que el sensacionalismo se ceba en nuestra supuesta "inseguridad jurídica", disuadiendo a los inversores de aquel país a embarcarse en una vivienda segunda o habitual en nuestras costas y pueblos: Los buldózer expulsan a los británicos de España y titulares parecidos destilan intencionalidad y apalean la imagen de España en un mercado clave (los jubilados de las islas británicas que buscan un cálido retiro en Andalucía). En definitiva, necesitamos más Gasol y más diplomacia.

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