RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Caballero Bonald, Cervantes

CABALLERO Bonald en su franja perpetua, en la iluminación de un estilo voraz que conquista la imagen. Escribo "en la iluminación" y recuerdo uno de los primeros versos que abren su monumental Entreguerras: "¿estaba acaso inscrito en ningún sitio el potencial de la iluminación?", porque tiene interés que este libro reciente, en el que José Manuel Caballero Bonald totaliza su obra literaria -una especie de largo poema en prosa que es a su vez novela y es también una autobiografía y su memoria convertida en ficción poética del mundo- comience preguntándose por "el potencial de la iluminación"; especialmente, si tenemos en cuenta que su primer libro de poemas, publicado en 1952 en la mítica colección Adonais, se título Las iluminaciones.

Todo en Caballero Bonald es la iluminación cenital del lenguaje. En este sentido, comparto la opinión de otro de mis maestros, Pere Gimferrer, cuando afirma que Pepe "se considera sólo poeta y lector de poesía; pero en primer lugar aquí me creo con derecho a darle a la palabra poesía su valor etimológico grecolatino, y entender en consecuencia por ella obra artística y, en este caso, obra literaria en general". Viene bien recordar, también aquí, la posible correlación poética entre Caballero Bonald y Gimferrer, como se vio en las jornadas de la Fundación José Manuel Lara: el lenguaje como alucinación metafórica, como frontera que se vislumbra desde la realidad para encontrar sus formas más ocultas, su destello irrestricto, de nuevo, como iluminación.

José Manuel Caballero Bonald, o Pepe (Caballero), con paréntesis aclaratorio, como escribió Jaime Gil de Biedma en el poema inicial de Moralidades, no es únicamente esos muchos lenguajes que la duda engendraba, sino la potencialidad del enigma convertido en densidad pletórica: en sus versos, sí, pero también en todas las demás formas literarias que en él conducen siempre a la poesía. Perteneciente a la Generación del 50 -yo mismo acabo de recordarlo, con la casi cita de Jaime Gil-, habría que estudiar una posible vinculación formal con la generación del Boom latinoamericano: no sólo en Ágata, ojo de gato, sino también en otras novelas suyas, como En la casa del padre o Dos días de septiembre: una frondosidad que violentaba ese parvo realismo castellano, una especie de nueva ebriedad colombiana que sobrevivió a un naufragio y hacía respirar, en Macondo, al viejo aire de Argónida.

Eterno poeta joven desde Manual de infractores, está con Entreguerras -o con La noche no tiene paredes, como antes en su extraordinario Descrédito del héroe- en un nuevo simbolismo muy de poeta joven actual, pero también francés posparnasiano, como los andaluces Javier Vela y José Luis Rey, que tan bien hablaron de su obra en la última edición de Cosmopoética. En él leemos también a Juan Ramón y a Góngora. Poeta del lenguaje, siempre lo hemos leído como a uno de los nuestros.

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