Fragmentos

Juan Ruesga / Navarro

Cincuenta

ESTE artículo hace el número cincuenta de los que escribo semanalmente en este periódico. Hacerlo me supone un ejercicio muy estimulante. Dar forma a las ideas y pensamientos que me ocupan y preocupan. Aunque me interesan temas diversos, casi siempre los escritos dan vueltas alrededor de dos cuestiones: el papel que desempeña la cultura en nuestra sociedad actual y Sevilla, lugar en el que ejerzo el compromiso cotidiano de vivir. Con sus múltiples variantes y ramificaciones, como la que me permite reflexionar sobre nuestros mejores paisanos, casi todos comprometidos con su tiempo.

En pocas palabras, podría decir que mis preocupaciones se centran en cómo intentar ser fiel a nuestro tiempo y coherente con nuestra historia. Estimular en la medida de lo posible, en mí mismo y en los lectores, el sentido de pertenencia a una sociedad concreta, la España de los primeros años del siglo veintiuno, con todo el dinamismo que los tiempos requieren y el arraigo a una ciudad y una forma de vida, que permite saludar a las personas que se cruzan por la calle, antiguos y nuevos conocidos, a los que llamas por su nombre. Y a la vez ser consecuente con las transformaciones que requiere vivir en un área metropolitana de alrededor de un millón de habitantes, con sus necesidades de movilidad y equipamiento.

En estos días, estoy repasando viejas fotos de la Sevilla de los años sesenta, por razones de trabajo, y a la vez, estoy viajando en el tren de cercanías casi diariamente desde el apeadero de San Bernardo a Dos Hermanas, para ultimar un espectáculo escénico. La pequeña historia cercana y la dimensión metropolitana. Y me gusta más lo que vivo ahora que lo que reconozco en las fotos. Me identifico más con las gentes de todas las edades con las que comparto el vagón que las imágenes provincianas de la Sevilla de mis 20 años.

Me siento como los habitantes de Maurilia, una de las ciudades que describe Italo Calvino en su obra Las ciudades invisibles. Como cuando observo una vieja foto de la calle Sierpes, en la esquina con Jovellanos y Sagasta. En ambas esquinas, una señora de negro y un hombre con boina, venden lotería. Una banderola de Casa Calvillo, de plástico y aluminio, anuncia bocadillos, angulas. Una pizarra con publicidad de Mirinda, anuncia desayuno completo en la barra, con churros o picatostes por 10 pesetas. Al fondo, formando la esquina, sobre los escaparates, el rótulo del Bazar San José dice Recuerdos de Sevilla. Y pienso, afortunadamente. Nos ha tocado vivir un tiempo en el que las cosas no están establecidas como antaño en un orden fijo, en el que cada cual tenía un lugar y unas normas dictadas que seguir. Hoy debemos decidir cada día la conducta en base a nuestra conciencia, creencias y ética. Debemos estar preocupados por el cambio climático y por nuestro barrio. El espacio y el tiempo se contraen. Este pequeño ejercicio semanal de reflexionar sobre todas estas cuestiones es estimulante. Pensar, poner el acento en un punto de vista nuevo en la medida de lo posible, es el objetivo. Ustedes dirán si se alcanza.

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