Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

¿Combate o debate?

NO sé qué han encontrado algunos en el debate entre Pedro Solbes y Manuel Pizarro para extraer tanta pasión. Desde aquellas mañanas de mi infancia, posteriores a las veladas de los grandes combates por los títulos continentales, no había apreciado tal interés por las peripecias de un ¿combate o debate? En las cafeterías, en las radios, en los puestos de trabajo se escuchaba platicar sobre el cara a cara de la noche anterior. ¡Y eso que era de segunda clase! Frente al cruasán y el café con leche -o ante un mazo de folios y una grapadora-, antes los micrófonos de las emisoras de radio, los contertulios reinventaban las escenas del enfrentamiento, valoraban la dureza de los ganchos, alababan las fintas de cintura, los crochés al aire y, por supuesto, la malignidad de los golpes bajos. ¿De verdad fue tan ardiente y arrebatador? No importaba tanto qué dijeron ni cuál fue su capacidad de convicción como la intención de los golpes y, por supuesto, el resultado. Quién ganó, era la pregunta clave ayer por la mañana, pues aunque hubo un resultado más o menos oficial (la encuesta telefónica de Demoscopia para Antena 3) la conclusión estaba abierta.

No sé cómo será el segundo, pero el primer debate (pese a ser un tremendo pestiño de complicada digestión a la hora de la cena) reflejó la inmensa pasión con que se van a afrontar las elecciones generales. Va a dar igual incluso la categoría de los púgiles: paja, minimosca, mosca, supermosca, gallo, pluma, etcétera. El ardor electoral va a elevar a gestas memorables y emocionantísimas cualquier debate aunque sea un auténtico coñazo al que nadie, fuera del ímpetu electoral, le dedicaría un par de horas de su preciado reposo doméstico.

Lo de la pasión y la entrega está bien. Ojalá suponga un incentivo para convencer a los dudosos y que la participación sea, en correspondencia, una de las más elevadas de la historia democrática. Eso sí, la pasión es un género emocional que tomado en dosis excesivas puede acarrear violentas intoxicaciones. Mientras los golpes que crucen los candidatos se interpreten en sentido figurado no hay motivo para estar inquietos. La pasión e incluso la tensión son ingredientes propios de una campaña electoral a la que concurren dos partidos con prácticamente las mismas posibilidades de lograr la mayoría.

Los energúmenos que han boicoteado o han intentado agredir en cuatro o cinco lugares a los políticos del PP y UPD (y han convertido en una pelea tabernaria y fascista la expresión de la libertad) merecen el repudio tajante. Igual que merecen un silencio reprobatorio quienes pretenden endosar tales tropelías a sus contrincantes directos en el ruedo electoral democrático.

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