Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Conseguidor

DEBEMOS preguntarnos si las intensas gestiones que desplegó David Taguas, en los tiempos en que era consejero personal de José Luis Rodríguez Zapatero en asuntos económicos, para que los bancos concedieran los créditos precisos para mantener a flote a Martinsa, y las recomendaciones que hizo a otros miembros del Gobierno para que se mostraran comprensivos ante las dificultades de la inmobiliaria de Fernando Martín, eran parte de su trabajo de consejero o en realidad ya estaba acopiando méritos para ocupar, como aconteció poco después, la presidencia de Seopan, la Sociedad de Empresas de Obras Públicas de Ámbito Patronal, que agrupa a las constructoras más poderosas del país. Según el diario El País, Taguas intervino para que 45 cajas y bancos renovaran a Martinsa un crédito de 4.000 millones de euros hasta 2011 necesario para su supervivencia, aunque la falta de un préstamo adicional de 150 abocó al final a la inmobiliaria a la suspensión de pagos.

Que el asesor económico aconsejara al presidente del Gobierno cómo actuar ante los primeros síntomas del pinchazo inmobilario es comprensible, pero que aprovechara el cargo para mediar ante otros miembros del Ejecutivo e incluso ante los bancos a favor de una inmobiliaria concreta es, en apariencia, un caso flagrante de trato de favor, por más que el peso económico de Martinsa, y las consecuencias de la previsible suspensión de pagos, tuvieran un efecto perjudicial importante sobre la estabilidad económica española y sobre el crédito del Gobierno.

También sería bueno conocer cuáles fueron las opiniones de Zapatero y de los restantes miembros del Gobierno cuando Taguas comenzó a entremezclar los intereses particulares de Martinsa con la tarea de asesoría que tenía encomendada. Y cómo reaccionaron antes las solicitudes de intercesión de Taguas. Y quiénes desfilaron por sus despacho.

Es posible que nunca conozcamos si influyeron los arbitrajes de Taguas y, si lo hicieron, en qué medida. De lo único que no hay duda es que en apariencia Taguas se extralimitó y confundió su tarea de asesor con la más pragmática de conseguidor y que un tipo como él, con claros intereses personales y sectoriales y en unas circunstancias tan sensibles, nunca debió ocupar un cargo como el que le confió Zapatero.

De la vidriosa peripecia política de Taguas subsiste un definitivo misterio sin resolver. Para qué sirve y para quién está destinada la ley de incompatibilidades si un caso de duplicidad de intereses como el suyo es, según dictaminó el Ministerio de Administraciones Públicas, perfectamente compaginable.

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