TODO está listo para que España conquiste por quinta vez la Copa Davis, equiparable al Mundial de fútbol como torneo más prestigioso por países del deporte universal. Lo debe hacer, además, en el breve espacio que va desde que arrancara el presente milenio, en once años que han transcurrido desde entonces, y esto multiplica por varias unidades el mérito acopiado por las dos, o tres, generaciones que han defendido al tenis español.

Nada de imbecibilidades sobre pócimas y demás zarandajas lanzadas con grandes dosis de envidia por algún patán radicado en Francia, España domina el tenis mundial por la sencilla razón de que supo trabajar los cimientos para sacar a dos, o tres, generaciones de grandes jugadores. Porque en los arcanos del Grupo Joly aún está la foto de un jovencito Rafa, entonces ni siquiera era Rafael para su tío Toni, concediéndole una de sus primeras entrevistas a mi compañero Juan de la Huerga. Tenía 15 añitos recién cumplidos el chiquillo y ya amenazaba con convertirse en lo que fue, el número 1 del tenis mundial.

Ahí está la pócima de Astérix, de Obélix y de todos los galos, en el trabajo en la base y, por supuesto, en que los dioses otorgaran a España al mayor talento de la historia en la tierra batida. Sobre esa base, sobre tener al mejor jugador y también al número 5 mundial, no se olvide a Ferrer ni a Verdasco ni a Feliciano, debe España dejar que corra el agua por el río para tratar de vencer a Argentina. La cuestión es no poner ningún obstáculo en esa corriente para que las cosas sucedan como tienen que pasar, para que gane el mejor y, si los rankings no mienten, que en el tenis no suelen hacerlo, los mejores son los españoles. Que así sea.

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