EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Disimulo

NO sé si a ustedes les habrá pasado lo mismo, pero una de las cosas más curiosas que he presenciado en estos últimos tiempos (sobre todo hace cinco o seis años, justo antes de que empezase la crisis) era la siguiente escena. Entrabas en un bar, y te encontrabas con alguien que conocías y empezabas a charlar un poco. Pero cuando surgía un tema que tuviera que ver con la política, la otra persona sólo se atrevía a expresar su opinión si antes había mirado de reojo para asegurarse de que no había ningún testigo incómodo. O bien, y eso era mucho peor, esa persona sólo contestaba con vaguedades que se acomodaban a lo que ella creía que tú ibas a pensar. Justo cuando yo esperaba que me dieran una opinión franca sobre un asunto concreto, sólo recibía tópicos sin ningún interés, o bien una especie de comunicación clandestina a base de sobreentendidos. Y he vivido estas situaciones incluso a tres mil kilómetros de nuestro país, como si hasta allí pudieran llegar los oídos comprometedores, lo que da una idea de la dimensión monstruosa del fenómeno.

¿Qué nos había pasado? Pues algo muy sencillo: vivíamos en la era de la confusión intencionada y del terror pavoroso a quedar mal. Al mismo tiempo que vivíamos en una sociedad deslenguada en la que mucha gente decía barbaridades en los foros de internet, parapetada en el anonimato, solíamos adoptar una actitud cautelosa cuando se trataba de opinar de forma abierta incluso ante personas conocidas, y nos perdíamos en un magma de opiniones que no pudieran ser interpretadas de ningún modo. Y mientras estábamos muy orgullosos de vivir en una sociedad libre y abierta, nos comportábamos como si viviéramos en una sociedad controlada por los soplones y por el temor patológico a decir la verdad.

No hablo de la repetición de consignas ni de la aceptación obediente de las ideas que venían de arriba, no, porque eso se hacía y se sigue haciendo de forma indiscriminada. Hablo de expresar unas opiniones independientes que no tuvieran que ver con lo que se supone que uno debía pensar. Porque casi todos nosotros vivíamos atrapados en una especie de código moral, formado a base de prejuicios, ideas recibidas y opiniones inamovibles, que considerábamos que debía guiar nuestras opiniones y del que jamás nos atrevíamos a apartarnos. Y así hemos vivido hasta que empezó la crisis: con cientos de políticos, periodistas, sindicalistas, gerentes de hospital, profesores de universidad y críticos literarios que jamás se atrevían a soltar una sola idea que pudiera ser considera improcedente o inadecuada. Y así hemos llegado hasta hoy, con un país convertido en un gallinero porque quizá nadie se atrevió a expresar su verdadera opinión cuando todavía estábamos a tiempo.

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