La tribuna

Juan A. González Romano

Educación en tiempos de cólera

CON la cólera de los días que estamos viviendo, a la espera de que el cuerpo de Marta del Castillo aparezca y sirva para hacer justicia (de alguna manera), mucho se está hablando de los males del sistema educativo, de su posible degeneración, ante el hecho de que algunos jóvenes de hoy en día admiten como válidos ciertos comportamientos absolutamente injustificables. ¿Cómo un canalla puede portarse así con una chica de 17 años? ¿Cómo una chica de 17 años se puede dejar embaucar por un canalla así? ¿Cómo una chica de 14, con el consentimiento de su madre, admite a este mismo canalla en su casa, en su cama?

Además, se entera uno de que las cifras de embarazos en menores de edad se han duplicado en los últimos años. Que nueve de cada diez adolescentes no usan métodos anticonceptivos en sus relaciones (y no será porque no se les haya dicho; más bien, porque no admiten consejos o recomendaciones de unos mayores que, para ellos, carecen de la más mínima autoridad). Y los políticos tan bienpensantes que tenemos preparan una modificación de la ley para que la edad legal para consentir las relaciones sexuales pase de los trece años a... ¡¡¡los catorce!!!

Eso sí, las modificaciones a la Ley del Aborto prevén que desde los doce se pueda practicar y desde los dieciséis, sin necesidad de consentimiento de los padres. A los quince años un joven podrá conducir una moto; tendrá que esperar a los dieciocho para conducir un coche. Pero bastan los trece o catorce para desgraciarse irremediablemente la adolescencia, tal vez la vida, para siempre. Qué contrasentido más grande. Qué buen talante.

En estos días, pues, muchos se preguntan qué pasa con el sistema educativo, cómo pueden salir de las aulas gentes sin formación, sin ni siquiera un mínimo de ética personal o social. La primera respuesta es obvia: un alumno puede pasar sus diez años de escolarización obligatoria sin hacer absolutamente nada. En los seis años de Primaria puede repetir curso una vez nada más, y sigue hacia delante, por promoción automática (sería algo así como si el colista de una liga de fútbol ascendiera de categoría o jugara la Champions. No vaya a ser que se le cree un trauma, supongo).

En Secundaria se admiten exclusivamente dos repeticiones (una vez agotadas, el alumno continúa sus estudios en cursos superiores, independientemente de lo que haga o apruebe: ¿es esa la tan cacareada cultura del esfuerzo?). Hay alumnos que llegan a tercero de ESO con dieciséis años y sin haber aprobado ninguna asignatura de los cursos anteriores. Y abandonan los estudios sin haber aprendido nada. Absolutamente nada. Así de desolador. Alguien dijo alguna vez que la Logse planteaba un sistema intrínsecamente perverso y lo llamaron loco. Yo también debo estarlo (y muchísimos de los profesionales que nos dedicamos a esto), porque un sistema que admite casos así es una locura perversa.

La Administración busca siempre las salidas más baratas. Se amplió la edad de escolarización obligatoria desde los catorce a los dieciséis años, pero sin cambiar apenas nada más. Los mismos profesionales, los mismos recursos, las mismas instalaciones. La generalización del sistema educativo (loable fin, hecho que nadie discute) se hizo sin los medios suficientes, sin las mínimas garantías, vendiendo la moto del éxito de un mayor tiempo de formación (permítanme el eufemismo) para el alumnado. Pero las cifras son las cifras: más de un tercio de los escolares acaba sus estudios sin la titulación mínima. Insisto: sin haber aprendido nada. Y lo que es más grave incluso, sin dejar que sus compañeros interesados (que los hay, vaya que si los hay) aprendan algo, o haciendo que aprendan mucho menos de lo que debieran.

Por supuesto, todo esto se arregla atiborrando al profesorado de rellenar papeles y más papeles. O pagando unos eurillos para que haya más aprobados (no necesariamente alumnos mejor formados; sí estadísticas mejoradas, maquilladas). O adelantando el inicio del curso escolar una semana. Faltaría más.

Con estos políticos (los dos grandes partidos han tenido la oportunidad de poner sentido común en esta debacle, y ninguno lo ha hecho), esto es lo que hay.

Y mientras, toda una generación de jóvenes sufriendo las consecuencias y pagando justos por pecadores. Alguien, alguna vez (cuanto antes mejor, no podemos permitirnos seguir perdiendo el tiempo), debería poner un punto de cordura en esta situación.

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