La esquina

Endogamia en la Iglesia, y fuera de ella

LA congregación de los Carmelitas Descalzos ha obedecido al Papa. No es noticia, en general, sí en este caso particular: la orden ha aplicado por vez primera el protocolo aprobado hace poco por el Vaticano para los casos de supuestos abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica. Consiste en separar automáticamente del ejercicio eclesiástico al presunto abusador y denunciarlo ante la Justicia.

Ha ocurrido en Burriana, en la provincia de Castellón, y la víctima era (en 2007) un monaguillo de dieciséis años, acosado y abusado presuntamente por el cura párroco. Al cura lo han recluido en un convento carmelita alejado del lugar de los hechos, medida que compete y afecta exclusivamente a los jefes y fieles de su confesión religiosa. Ellos sabrán. La denuncia ante los tribunales, en cambio, nos afecta a todos, porque la pederastia, aparte de ser un pecado, es sobre todo un delito, y grave.

¡Cuánta deshonra, indignidad y descrédito se hubiera ahorrado la Iglesia católica de haber actuado así en el pasado! Durante siglos ha hecho la vista gorda ante los abusos sexuales cometidos por sus sacerdotes. Con la excusa de evitar el escándalo ha escandalizado a los inocentes y a sus familias, manteniendo un silencio culpable sobre los casos descubiertos y limitándose a trasladar a los curas implicados, lo cual casi garantizaba la extensión del mal. Benedicto XVI ha sido el primer Papa que ha afrontado el problema con firmeza.

Aunque Jesucristo avisó que su reino no era de este mundo, los representantes de la iglesia que fundó han demostrado ser en esto bastante mundanos. Están sometidos a las tentaciones y debilidades de todos los hombres y, en cuanto institución, al virus de la endogamia que acecha y corroe a todas las organizaciones humanas, esa infección patológica que nos hace piadosos con los fallos de los nuestros e inclementes con los fallos de los otros. Por seguir en la senda evangélica: ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Nos llama la atención la endogamia eclesiástica porque por ingenuidad tendemos a atribuir al sacerdocio una dimensión exclusivamente espiritual, pero endogamia hay por todas partes, entre los jueces y los periodistas, los militares y los profesionales de la fontanería. Buena parte del deterioro de la clase política procede del uso de la ley del embudo con que los políticos reaccionan ante las irregularidades, delictivas o no, de sus miembros: disculpas y excusas si son compañeros, dureza y represión si son adversarios. El nacionalismo constituye una de las formas más perversas de la endogamia. Nada agrede tanto a la igualdad de los seres humanos como la creencia de que alguien tiene más derechos que otro por el hecho azaroso de haber nacido en un sitio. ¿Qué mérito tiene eso?

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