La ciudad y los días

Carlos Colón

Ensoñaciones del paseante solitario

EN mitad de la cuarentena de haber parido a la Semana Santa la ciudad se nos da este fin de semana en la melancólica gloria de su vacío de Feria. Es el primero de los vacíos grandes que traen consigo las fiestas y las calores; los que, de abril a agosto, corresponden a la Feria, el Rocío, el Corpus y la Virgen de los Reyes. Vacíos doblemente vacíos y soledades más hondamente solas por contraste con las multitudes que en ese mismo momento están en otro sitio -real de la Feria, Rocío- o que por la mañana han llenado las calles -Corpus, Virgen de los Reyes- que a partir del mediodía quedan desiertas. Para que haya vacío y soledad grandes no basta que no haya nadie; antes debe haber habido multitud y compañía.

Dice la Real Academia que un lugar está vacío, no cuando no hay nadie, sino cuando está con menos gente de la que suele concurrir a él; y que la soledad es, no sólo la carencia de compañía, sino la melancolía que causa la ausencia cuando antes hubo presencia. Este primer fin de semana de mayo, como sucederá el último con el Rocío, es la lejanía de la feliz multitud la que ensancha el vacío y ahonda la soledad. Los días del Corpus y de la Virgen de los Reyes es la ausencia de la alegre bulla temprana que llenaba las calles la que hace tan desolado el vacío y tan punzante la soledad de sus tardes; al igual que el eco del mañanero repique de las campanas de la Giralda es lo que hace tan denso su silencio.

El recuerdo, que se alimenta de vacíos y soledades, vaga estas tardes por las calles al acecho de los paseantes solitarios que se echan a ellas como amantes ansiosos por encontrar dueña. Antes, cuando existía tal y como aprendieron a amarla, esa dueña era la ciudad. Ahora, tantos años después de irla perdiendo casa a casa, plaza a plaza, calle a calle, barrio a barrio, su dueña es la memoria de la ciudad perdida -todavía visibles las huellas de su antigua belleza en su presente desfigurado- a la que temerariamente citan en las calles vacías, en los pocos y somnolientos bares abiertos, en las oscuras iglesias desiertas. Hasta que embiste. Y hiere.

Cosas del divagador que, como escribió Rousseau en sus Ensoñaciones del paseante solitario, está "en la tierra como sobre un planeta extranjero al que hubiera caído desde el suyo. Si algo reconozco a mi alrededor, no son más que cosas que procuran a mi corazón aflicción y desgarro; no puedo mirar sin encontrar algo desdeñable que me indigna o algo doloroso que me aflige". Qué fácil es sentir lo mismo paseando por Sevilla. Alguien debía escribir unas Ensoñaciones del paseante solitario sevillano.

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