Alto y claro

José Antonio Carrizosa

Ensuciar no es progresista

CUANDO en una ciudad se impone el desprecio por las normas elementales de convivencia y por el respeto hacia lo que es de todos, es que esa ciudad, o los que gobiernan esa ciudad, tienen una preocupante alteración de su escala de valores. Hace sólo una semana, cuando se realizaba un balance de lo ocurrido durante la Feria de Abril, este periódico llamaba la atención sobre la pasividad municipal ante la botellona que todas las noches de enseñoreaba del acceso al real convirtiéndolo en un estercolero de bolsas y botellas y en un sitio imposible de paso para las personas que acudían a las casetas. Si el lector se asoma hoy a la páginas de información local, encontrará un reportaje sobre los daños que causan al patrimonio ciudadano las pintadas que han convertido el casco histórico de Sevilla en uno de los más ensuciados y degradados entre las ciudades que pueden presumir de foco de atracción turística. Ambos fenómenos, botellonas y graffitis, alteran la vida ciudadana y suponen violaciones de las ordenanzas que regulan la vida en la ciudad. Ya es grave que exista tolerancia hacia manifestaciones de desprecio por lo público. Pero lo es todavía más que esa tolerancia se ejerza desde un pretendido progresismo, según el cual sería reaccionario impedir que nuestros adolescentes llenaran de mierda, a veces de forma textual, nuestras plazas o limitáramos su capacidades creativas para ensuciar paredes spray en mano. Confundir el progresismo con el todo vale y con la renuncia a ejercer la autoridad que los ciudadanos han residenciado en sus autoridades es caer en el más puro reaccionarismo. Progresista es ordenar la vida ciudadana para que todos los que forman parte de la colectividad no se vean agredidos por actitudes gravemente incívicas. Progresista es también poder disfrutar de la ciudad y de sus espacios públicos y ejercer el derecho al ocio o al descanso sin que éste se vea alterado. Progresista es, en definitiva, entender que se gobierna para todos y no sólo para unos cuantos y que los intereses generales están por encima de los particulares. No es progresista, en cambio, aunque algunos se empeñen en ello, permitir que se orine en las calles y que se pintarrajee en las paredes.

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