La tribuna

Rafael López Rodríguez

España, ¿una sociedad excluyente?

DURANTE estos meses, hemos constatado la intensidad y gravedad de la crisis. El escenario planteado es tan incierto que las propuestas políticas son acogidas con cáustico descreimiento por la población. Estamos siendo duros en las evaluaciones que realizamos. No hay una respuesta clara para gestionar esta crisis del modelo y crecer. No obstante, se debe alertar de la imagen percibida con las propuestas más irreflexivas. Sugerir la necesidad de incrementar el crédito a las empresas a algunos nos recordó la falsa cita de la reina María Antonieta: "si no tienen pan, que coman pasteles". Proponer como solución la reducción de la carga impositiva, recordó más bien un "sálvese quien pueda". Al manejar conceptos como competitividad y flexiseguridad asumimos que el equilibrio económico depende principalmente del sacrificio de los trabajadores del sector privado.

Quienes gustamos leer propuestas de contenido político-económico, terminamos confusos ante las múltiples hipótesis y modelos de solución difundidos. ¿Cómo no lo estarán quienes se acercan ocasionalmente, a escuchar la opinión de los expertos? Es necesario abstraerse de tanto análisis y olvidar los aspectos coyunturales o estructurales, endógenos o exógenos. Resulta más saludable optar por sentir y comprender nuestra actitud frente a la crisis. ¿Es nuestro comportamiento una constante histórica profundamente dolorosa? Recientemente comprobamos que otras naciones europeas acusan intensamente la caída del PIB, sin que el efecto sobre el desempleo sea tan demoledor. En épocas de carestía, las sociedades suelen expulsar grupos sociales con el fin de reequilibrarse, pero la española parece ser más cruenta.

El Cantar del Mío Cid, cuna del castellano, narra la crónica de un destierro, del desempleo y escarnio de una "subcontrata pública". El Quijote relata las ridículas experiencias de un personaje fatuo que arrastra a un hombre sencillo a una vida incierta e improductiva. La historia de España es un continuo de expulsiones de minorías; judíos y musulmanes en época de los Reyes Católicos, hidalgos y menesterosos en el Siglo de Oro, moriscos en el siglo XVII, órdenes religiosas en el XIX. Con frecuencia, estos grupos proscritos tuvieron un papel relevante en nuestro desarrollo; baste recordar el papel de algunas órdenes religiosas como propulsoras de la razón en una sociedad desestructurada y controlada por la "santa" inquisición, o el know-how tecnológico de origen morisco perdido con su expulsión. El pasado siglo atestiguó nuestra crueldad, anticipadamente retratada por Goya en Saturno devorando a sus hijos. Guerra civil y posguerra marcaron un máximo en el horror de la exclusión por motivos "ideológicos". El desarrollismo no supo integrar a toda la población rural. ¿Cuántos emigraron a Europa? En la democracia nos encontramos con el desempleo en la transición y la tardía incorporación de la mujer al mundo laboral, en condiciones discriminatorias y corrosivas para el desarrollo familiar. Los "sin papeles" y los mileuristas han sido los últimos grupos.

Podrá argumentarse que existen sistemas de cobertura y formación para los desempleados, mecanismos de acogida e integración de inmigrantes y sistemas de ayudas a los jóvenes. Es un engaño sutil. La realidad muestra una sociedad que arrebata las capacidades de opción y decisión a demasiadas personas. Nos esforzamos por mantener una sociedad de consumo sin consumidores. Las estadísticas lo reflejan, somos una nación con un fuerte incremento de multimillonarios y multinacionales que, mantiene a una quinta parte de su población en la pobreza o en sus umbrales. Condenamos la existencia de "paraísos fiscales" siendo la reserva mundial de billetes de 500 euros.

Necesitamos reflexionar sobre nuestro comportamiento. Una actitud menos excluyente y más generosa e integradora nos permitiría navegar estos años de crisis con mejor fortuna para todos. La recuperación se basa tanto en una cuestión de competitividad como en la mejora de la capacidad, entendiendo capacidad como la posibilidad de que las personas mediante su trabajo puedan realizar sus proyectos personales, familiares y profesionales. La recuperación de nuestra economía depende de la "competitividad" exterior y del funcionamiento equilibrado de los mercados interiores. Hoy día, se comprueban experiencias en empresas e instituciones para afrontar conjuntamente la crisis, actitudes que nos acercan a su solución. No obstante, aún es necesario sensibilizar a quienes deciden o trabajan en las administraciones públicas respecto a los esfuerzos que viene realizando el sector privado de la economía. Habiendo conocido tantas generaciones perdidas, es nuestro compromiso participar en la creación de una generación responsable e inclusiva. Así sea que nuestros hijos, al estudiar El Cantar del Mío Cid, no comprendan el concepto del "destierro".

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