Benito / Navarrete

Ética y Estética: en memoria de Alfonso E. Pérez Sánchez

FUE la Universidad de Sevilla la que me dio la oportunidad de conocer a Alfonso Pérez Sánchez. Siendo estudiante de Historia del Arte, el profesor Enrique Valdivieso organizó un ciclo dedicado a Valdés Leal con motivo de la exposición temporal que se celebraba en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Yo fui el encargado de pasarle las diapositivas en su conferencia sobre los pintores madrileños del último barroco. Me cautivaron su pasión por transmitir sus conocimientos, sus ganas de enseñar y de mirar.

Era emocionante conocer al historiador con el que habíamos estudiado a Velázquez después de la antológica del Prado de 1990. Había dejado el museo por ser el primero en decir no a la guerra del Golfo, recriminando la actitud cómplice del gobierno socialista que lo nombró. Como sabio comprometido con sus ideales dimitió, anteponiendo sus convicciones intelectuales al cargo que ocupaba. Algo que hoy sería impensable en los tiempos que corren, y un gesto que muchos se han empeñado en olvidar, incluso en momentos en los que se demandaba la paz para los pueblos. Era todo un referente moral para muchos historiadores y el discípulo predilecto de don Diego Angulo. Luego le invité a un ciclo que dedicamos a Ribera en la universidad, y tuve la gran fortuna, siendo becario, de enseñarle el Pabellón de la Santa Sede de la Expo junto a Julián Gallego. Otro de los grandes.

Al terminar la carrera no lo dudé, quería formarme con Pérez Sánchez y aprender a mirar y hacerme como persona. Alfonso no sólo ha sido el más grande historiador que queda junto a Bonet Correa en la actualidad, es además un referente continuo ético y moral, de fuertes convicciones que arrastran a quien le escucha con una personalidad arrolladora. Gracias a él conocí a don Javier Benjumea y a Anabel Morillo de Focus Abengoa, fundación por la que sintió una especial debilidad y en la que hizo algunos de sus grandes proyectos culminados con nuestra Santa Rufina y el Centro Velázquez.

Pero lo más hermoso, además de su amor al conocimiento y de su manera de transmitirlo, era la especial relación que mantenía con Sevilla. Hasta con silla de ruedas hemos disfrutado de esos mágicos momentos en los que todo se transforma y sólo se escuchan las alpargatas del Señor del Silencio al arrastrarse por la calle Cuna, y una nube de incienso que deja escuchar la música de capilla del oboe que me recuerdan ahora más que nunca, delante de él, que se ha ido el compañero, el amigo, el maestro y el que me enseñó a sentir, y que su recuerdo, su magisterio y su ejemplo tendrán en Sevilla la llama de un fuego eterno.

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