Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Eurofobia

Cunde el desánimo en el continente y son cada vez más los que piensan que les iría mejor si continuaran solos, al margen de la misma comunidad que durante décadas fue, como bien sabemos los españoles, objeto de envidia o de deseo para quienes desde fuera de ella estaban hartos de los discursos patrioteros, recuperados ahora por los oportunistas que apelan a singularidades nacionales supuestamente incontaminadas o arremeten contra los burócratas de Bruselas como si no los hubiera en sus estados, regiones, ciudades y pueblos, tanto o más costosos e igualmente alejados de la gente corriente aunque residan a la vuelta de la esquina. Se dice con razón que los valores europeos están en crisis, que los poderes financieros hacen o deshacen a su antojo, que las instituciones comunes adolecen de un déficit democrático que compromete la legitimidad de sus decisiones, que los manejos de los mercaderes empobrecen a la clase trabajadora, que los países fuertes imponen sus políticas a los débiles, que la acción exterior dista de ser lo ejemplar que debiera; todo esto es verdad y son los propios europeos los que así lo denuncian. No hay en todo el mundo una ciudadanía más comprometida ni más exigente, con mayor capacidad de crítica y autocrítica, más consciente de los errores o abusos cometidos en el pasado y de las múltiples insuficiencias del presente.

Mil cosas vemos que no nos gustan, pero podemos pelear por cambiarlas y la manera no es irse dando un portazo, menos aún cuando se esgrimen razones tan estúpidas e insolidarias como la negativa a acoger inmigrantes o refugiados o el pago de impuestos -los nacionalistas, tan amantes de las esencias como partidarios de las burocracias autóctonas, siempre acaban hablando de dinero- que no revierten en beneficio propio. Se hace difícil defender un tinglado comunitario merecidamente impopular, su impotencia exasperante o su falta de sensibilidad hacia los más desfavorecidos, pero tampoco vamos a desmantelarlo porque lo pidan cuatro mitineros que posan de insurgentes.

Hay algo desagradable en los euroescépticos que aquí o allá no pretenden otra cosa que conseguir ventajas sin dar nada a cambio. Posfascistas apenas encubiertos, nostálgicos de la distopía soviética o presuntos radicales de ideología más que difusa, no pueden imponer un escenario que nos retrotraería a los tiempos de los derechos restringidos a los nativos. Es la unión, con todas sus limitaciones, la que puede garantizar que ningún europeo -o nadie que llame a sus puertas- se sienta extranjero en su propia casa.

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