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Rafael Padilla

Fango

CUANDO las aguas de la prosperidad lastimosamente se retiran, suelen dejarnos a la vista toneladas de asqueroso fango. En esta España nuestra tambaleante, abrir los periódicos cada mañana es darse de bruces con las miserias humanas, con las mil formas que tienen los pícaros de desplumar al prójimo. La corrupción, esa pandemia que nuestra democracia nunca ha querido ni sabido eliminar, acapara portadas e irrita los agobios de un pueblo que intenta capear como puede su presente infortunio.

Tres ejemplos -hay cientos- me servirán, siempre dentro de los límites de la presunción de inocencia, para documentar lo que afirmo. Así, no es de recibo que todo un megaministro, látigo implacable además de trileros y mangantes, se dedicara, dicen, a cobrar el diezmo de la púrpura a pie de carretera. El hecho de que la Fiscalía reclame al Supremo que investigue su presunta relación con la trama del caso Campeón, pone en cuarentena su coherencia, nos endosa la enésima decepción y abunda en la sospecha de casi todo huele a podrido en esta Dinamarca. A José Blanco le queda un largo periodo de probar su misma medicina y ya está tardando, según las reglas de su particular manual, en desalojar el abrigo de su agrietado pedestal. Ojalá que le vaya bonito; pero pocos entenderían que midiera y se midiese con distintas varas.

Eduardo, Teddy, Bautista lleva décadas ganándose la simpatía general. El espía de bodas, comuniones y bautizos, el paladín del silencio forzoso en las peluquerías, aparece ahora desnudo sobre el inmenso pastel de la SGAE. Relatan los auditores sus muchas sinrazones, la locura desenfrenada de su poder omnímodo. Al juglar le pudo el mal de altura y ya sólo le resta cantar -y que su voz no desafine- ante un selecto, severo y conspicuo público togado.

Y, al cabo, el yerno, verdadero paradigma de las decisiones erróneas. Al parecer no le bastó con emparentar con familia tan principal. Tampoco -guapo, atlético, respetado y hasta admirado- con disfrutar de los dones que la vida ubérrimamente le regaló. De su peripecia, no logro comprender cómo quien lo tiene todo termina ambicionando más todavía. La Justicia, que para eso está y debe ser ciega, dictaminará lo que corresponda. Pero, a estas alturas, pocos me negarán que nadie hiciera tanto como Iñaki por desprestigiar a la Monarquía, por estirar con tal violencia sus delicadas costuras. Él sabrá si le ha merecido la pena. Le aguarda, eso sí, una interminable vía dolorosa, incluso sentimental, que acobardaría al más temerario.

Cosas, insisto, de la crisis, de su proverbial capacidad para afear impunidades, descubrir cauces, alumbrar rincones e hipersensibilizar conciencias. Algo bueno había de tener la muy puñetera y magnífico sería no olvidar jamás, ni incluso cuando el río del bienestar agrande, hasta dónde puede llegar la mierda consentida en la tentadora opacidad.

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