Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Festejos

MANU Carreño ya ejerce de patriarca de Carrusel deportivo: era un fichaje predestinado. Tú a la Cope, Lama, y yo a la SER, a incitar y a excitar sobre el balón, que es lo más redondo. Qué digo sobre el balón, sobre esta película de vaqueros entre Madrid y Barça. Ya en Deportes Cuatro están analizando en detalle cómo será el verano y la temporada venidera. Claro, hay que llenar muchos minutos, porque incluso Nadal parece en algunos momentos que estorba en las escaletas.

El presidente barcelonista, Sandro Rosell, se queja con amargura contenida de que el título de Champions no ha sido festejado en su dimensión en la calle y en todos esos canales que se detienen en cada sílaba del tipo de traje gris. La resonante victoria del Barcelona, su supremacía sobre el césped, ha sido recibida con indiferencia, diría que incluso con tirria noctámbula, por las tertulias.

Tiene razón Rosell. Y también tiene tarea por delante en comunicación e imagen, donde el Madrid es campeón. En su esfuerzo por ser un símbolo universal, el Barcelona ha descuidado, o menospreciado, cualquier vínculo con España, esa marca que ahora se cuestiona por el impacto de las falsas acusaciones pepineras. El triunfo de Wembley no ha triunfado porque el Barcelona, colmo del buenrollismo deportivo, prefirió vivirlo como les gusta: con deseo excluyente, como una fiesta privada, mirando de reojo el cosquilleo malicioso que ejerce en otros su victoria. Cualquier triunfo internacional de cualquier otro equipo español es sentido al menos con lejana simpatía por la mayoría de los aficionados rivales. Se reconocen los méritos deportivos, indudables, mal que les pese a los pro-Mourinho, pero los deméritos institucionales, envidias incluidas, también. Una victoria universal para un símbolo avaro en su localismo.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios