Por montera

Mariló Montero

Gri Pau

EL abrazo que Pau Gasol le dio al trofeo que le ha consagrado como uno de los mejores baloncestistas de la historia era proporcional a su ambición. En ese abrazo hubo una tierna interrelación entre lo gigantesco y lo diminuto. Entre la magnífica proporción física del dueño de la espalda donde cuelga el dorsal 16 y el pequeño hueco que ocupa un sueño en el corazón del hombre.

Las ilusiones están más cerca del cerebro que del corazón. Rondan por nuestra cabeza cuando en un momento de nuestra vida deseamos algo por lo que levantamos los ojos hacia arriba, como queriéndole dar la vuelta a las órbitas al objeto de ver dentro de nuestro cerebro una proyección del sueño. Esa mirada hacia los adentros llega a marcar el objetivo en el corazón y abre un pequeño hueco que durante nuestra vida trataremos de llenar. Es ahí donde nace la ambición. Creo que a quienes en un momento de triunfo se les escapa como primera frase el tópico de "se ha cumplido mi sueño" se refieren a esta descripción.

Pau había dicho en más de una ocasión que uno de sus sueños era conseguir el Anillo de Oro de la NBA. Y ahora lo tiene. Quizá no soñara con él cuando estudiaba en su colegio, en el que le tenían que hacer el pupitre a medida. Es probable que tampoco cuando se dedicaba a bromear con sus compañeros, que le bautizaron con "Gri Pau". Un buen estudiante, que jugaba a traducir para sus compañeros de clase frases en inglés y que, empujado por su singular estatura, tenía escrito su destino en las canchas de baloncesto. Fueron otros profesionales quienes vieron en su magnífica altura de 2,16 un principio fundamental para dedicarse a este deporte.

Su sueño ha estado lleno de peldaños de maduración. Su objetivo le hizo vivir a base de sacrificios, como el de dejar su ciudad, el de poder estar junto a sus amigos o comer nuestra dieta y el de aceptar duras disciplinas. El mayor reto fue su estancia en los EEUU y prepararse físicamente para estar a la altura de los más altos del mundo con todo lo que ello conlleva. Su familia pidió excedencia en sus respectivos trabajos para poder desplazarse a vivir con él a los EEUU y ayudarle a sentirse arropado cuando volvía a casa para que pudiera seguir peleándose con sus hermanos como lo hacía en Barcelona. Sin duda, todas esas privaciones agrandan el escozor que se produce en el hueco del corazón y la necesidad apasionada de llenarlo cuanto antes. La superación del hombre por el hombre. El crecimiento de la persona por la persona. El esfuerzo reconocido y compartido con el resto del mundo.

Pau abrazaba el otro día un gran trofeo traducido en un pequeño aro de oro de 14 quilates y casi 4,5 quilates de diamantes del tamaño del hueco que creó cuando tuvo un sueño y que alojó en su corazón. Ahora lo ha llenado por fin con un ambicioso abrazo al trofeo contra su pecho. Pero, ¿quién dijo que en el corazón sólo cabe un sueño? Ahora, a por las Olimpiadas de Londres, Gri Pau.

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