Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Hidrógeno o aceite

HAY algunas polémicas en las que, si uno no tercia y no toma partido, es como si viviera fuera del mundo, al margen de sus pompas. Por ejemplo, la de los cocineros. He visto participar en ella con el mismo entusiasmo a pobres que ricos, a sibaritas que austeros, a carnosos que esqueléticos, como si todos vivieran en lo más íntimo la disputa entre el aceite y el hidrógeno, entre la chuleta y el sifón. Como si todos sintiéramos una aguda necesidad de cobijarnos bajo el mandil de Santi Santamaría o de Ferrá Adriá. Quizá la razón de ese interés desmedido radique en su carácter simbólico. Uno tiene, al participar activamente en favor de un fogón o de otro, la sensación de que en la apuesta se juega el sentido del gusto y que, de un modo misterioso, al nombrar los historiados títulos con que los cocineros componen los menús (llenos de promesas enfáticas y sensuales o de un barroquismo tan oscuro como el más oscuro poema de Góngora) los estamos mascando y saboreando y nutriéndonos con sus palabras.

Pero si sorprendente es el eco social y mediático de la disputa de los cocineros, no menos extraordinaria es la autoridad con que hablan, como si más que restauradores fueran sacerdotes, qué digo sacerdote, cardenales primados. Unos pedían "autocrítica", otros "humildad" o incluso hubo quien apeló a la libertad de expresión ¡de la alta cocina! En un momento dado pareció que España era un país gobernado por triunviratos de cocineros que, cada cierto tiempo, se suceden los unos a los otros mediante sabrosos golpes de mano.

Aunque la razón última de semejante polémica sea, por un lado, hacer publicidad de ciertos restaurantes de lujo y, de otro, vender el libro que ha escrito uno de los polemistas, tampoco se puede perder de vista en qué momento se ha originado: en pleno deterioro de una situación económica que ha hundido el mercado inmobiliario y frenado el consumo privado, que supone cerca del 60% del PIB español y que entre enero y marzo creció con el menor ritmo de los últimos 13 años.

Además, discusiones como ésta constituyen la prueba del nivel de refinamiento alcanzado por Occidente. Mientras vuelan las sartenes y las freidoras de hidrógeno es fácil abstraerse de las previsiones agoreras adelantadas por la ONU, la OCDE o el Banco Mundial sobre las consecuencias inmediatas que tendrán las andanzas de los tres nuevos jinetes del apocalipsis (el petróleo, el recurso a los biocarburantes y el crecimiento de la demanda de alimentos en países emergentes como China): millones de pobres están abocados a la malnutrición y a la muerte por hambre de aquí a 2017. ¡Hidrógeno o aceite!

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