¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

Hijos de Albión

LA desconfianza de los británicos hacia Europa tiene profundas raíces históricas. No en vano, del continente siempre le han llegado la guerra y la tiranía: los normandos, Felipe II, el terror Jacobino, Napoleón, la Luftwafe, los espías rusos y, en los últimos tiempos, esa amenaza difusa y fantasmagórica que son los burócratas de Bruselas. Para un español, cuya historia, como recordaba Paul Preston en una reciente entrevista en La Vanguardia, está marcada por la corrupción, la ineficacia de los políticos y la violencia social, es muy fácil ser europeísta convencido: la UE es sinónimo de libertad, paz, cultura, higiene y lluvia de millones para malgastar. Sin embargo, la democracia británica, la más antigua, escéptica y saludable del mundo, es el resultado de una larga y esforzada construcción, muchas veces en contra del viento que soplaba del Este, algo de lo que los hijos de Albión se muestran orgullosos y que no están dispuestos a regalar alegremente. No olvidemos que, hasta los más partidarios de la permanencia del Reino Unido en la UE, lo son bajo un pliego de condiciones pactado en febrero por David Cameron con los dignatarios europeos que, prácticamente, convierte a la Gran Bretaña en un estado libre asociado de la Unión.

No obstante, sólo un nacionalista con el sentido de la realidad muy atrofiado es capaz de no ver hasta qué punto Gran Bretaña necesita de Europa. El reino de los Windsor no es una maqueta del cielo en la tierra y, como reconocen las cabezas más lúcidas y críticas, sufre aún algunos defectos que son herencia del imperio y de la brutalidad del colonialismo que tanto criticaron Conrad u Orwell: una sociedad marcadamente clasista y ridículamente esnob, la tendencia a creerse autosuficientes en el mundo globalizado, la persistencia del racismo disfrazado de tradición... Unas gotas de saludable jacobinismo europeo nunca vienen mal en una sociedad donde todavía existe la Cámara de los Lores y que cree en la supremacía del té sobre el café.

Probablemente, el pueblo británico votará que no al Brexit el próximo jueves. Es demasiado alto el riesgo de una debacle económica como para que la cartera no sustituya al corazón a la hora de introducir la papeleta en la urna. Sin embargo, nadie deberá entender ese resultado como una declaración de amor europeísta. Esos excesos nos los dejan a los continentales. Gran Bretaña, y sobre todo Inglaterra, continuará siendo ese país orgulloso e independiente que presume de poner la cerveza caliente y que es capaz de ver un partido de críquet.

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