la esquina

José Aguilar

Huérfanos

LOS llamamos partidos mayoritarios para entendernos, y porque lo han sido hasta ahora. PSOE y PP son el eje del sistema de representación política de la democracia española, las únicas formaciones con posibilidades de gobernar y, por tanto, con responsabilidad máxima en el actual estado de cosas.

Cada vez están más lejos de la gente. A este paso los partidos mayoritarios pueden ser pronto el partido de la abstención y, sobre todo, el partido de la decepción. Los dos grandes partidos tradicionales se desploman en todas las encuestas. Más de la mitad de los que votaron a socialistas y populares hace menos de un año confiesan que ahora no los votarían. Hay una defección generalizada entre los votantes en otro tiempo fieles. Sólo existe un líder político cuya valoración empeora la de Mariano Rajoy. Se llama Alfredo Pérez Rubalcaba.

En marzo pasado el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) reflejó que un 18% de los españoles consideraba que los políticos eran el principal problema de España. Un dato preocupante. En septiembre fueron un 27%. El nivel más alto de la democracia. El dato se ha construido desde una notable injusticia, porque la clase política como tal no existe, hay políticos y políticos, en todos los partidos conviven individuos excelentes y nulidades -como en las demás profesiones y ocupaciones- y hemos dado en juzgarlos colectivamente y condenarlos sin paliativos endosándoles todas las culpas que tienen, y algunas más.

Tenemos en este país un extraordinario problema de liderazgo. De ausencia de liderazgo, para ser más exactos. Político, pero también social, económico y cultural. Precisamente cuando más lo necesitamos, en estos tiempos sombríos en que no es que estemos pasando dificultades, es que se está derrumbando el mundo de seguridades y certezas que creíamos ya intocable y nadie tiene claro qué es lo que va a sustituirlo. ¿Qué es lo que explica un malestar tan galopante que ha alcanzado ya la categoría de desafección indiscriminada? La fundada sospecha de que ninguno nos dice la verdad, los reiterados indicios de que están más pendientes de sus intereses grupales -mantenerse en el poder o conquistarlo, según- que del interés general y la evidencia más que contrastada de que los sacrificios para salir de la crisis no se reparten con equidad. Esto es importante: los ciudadanos comunes sienten que teniendo una escasa responsabilidad personal en la gestación de este caos les toca sufrir mucho más que a los que son responsable en grado superlativo.

Los españoles andan huérfanos. Faltan referentes y tampoco pueden confiar en las instituciones: los mismos que estaban llamados a fortalecerlas las han arruinado poniéndolas a su servicio.

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