la esquina

José Aguilar

Indignados e indignantes

ESCRIBÍ el viernes que las acampadas del 15-M corren el riesgo de acabar como el rosario de la aurora. Error: pueden acabar peor, arrogándose una representatividad que no tienen y granjeándose la enemistad de una opinión pública que, en buena parte, las recibió con simpatía.

En el dilema entre reconvertirse en movimiento político-plataforma ciudadana de lucha por la mejora de la democracia o radicalizarse para impugnar las instituciones y los métodos democráticos, muchos han elegido la segunda opción. Quizás ya la habían elegido de antemano, al menos los que han acaparado la voz cantante del 15-M en los últimos días, transformando la originaria rebeldía contra las carencias del sistema en enmienda -vandálica- a la totalidad.

Esta deriva, contra la que ayer protestaban en las redes sociales numerosos integrantes del 15-M, se veía venir. Al menos desde que se tomaron a chacota el dictamen de la Junta Electoral sobre la prohibición legal de celebrar manifestaciones políticas el día de reflexión previo a las municipales. Se consolidó cuando acudieron a abuchear e insultar a los participantes en los plenos constituyentes de numerosos ayuntamientos. Se consagró definitivamente, ayer, cuando sabotearon de manera violenta el pleno del Parlamento de Cataluña. Y no por casualidad o coincidencia, sino obedeciendo a un designio directo de impedir que se reunieran los diputados.

Toda España ha podido ver las imágenes del espectáculo bochornoso de varios miles de personas acosando y acorralando a los representantes de varios millones, con parlamentarios corriendo para no ser agredidos o escupidos, otros saltando de los furgones policiales y protegidos del populacho por los agentes como los delincuentes a los que llevan a declarar, o el presidente de Cataluña entrando en la sede de la soberanía catalana gracias a un helicóptero. Pocas cosas puede haber más antidemocráticas que este despliegue de matonismo contra los legítimos representantes de la ciudadanía. La democracia real vejada por sedicentes defensores de la democracia real. La libertad secuestrada por enemigos de la libertad que no pueden no saber que lo están siendo.

En fin, un día para la vergüenza. Y un movimiento de hermosas utopías malversado por grupos que han aguardado con paciencia el cansancio y la confusión de la mayoría para desvelar su auténtico rostro intolerante y totalitario. Como hacen siempre, sea en la ocupación de una vivienda, las manifestaciones contra los recortes sociales o la celebración, ahora frecuente, de las victorias del Barça. Al Movimiento 15-M le urge depurarse de esta excrecencia. No sólo desmarcarse, sino expulsarla de su seno. Si no quiere equivocarse del todo.

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