Las dos orillas

José Joaquín León

Injusticia sin cachondeo

HACE algunos años, la mayoría de los estudiantes que terminaban Derecho tenían la ilusión de preparar las oposiciones de Notaría. Hoy la mayoría de los alumnos (y sobre todo alumnas) que terminan Derecho empiezan a preparar las oposiciones para jueces y fiscales. Esto se debe a que ser notario ya no es lo que era, con los aranceles más congelados que Tarzán en un iglú. Y a que muchos se creen que ser juez es ser como Garzón, que está en todos los líos.

Pero hay jueces que desdicen la legendaria frase de Pedro Pacheco acerca de que la Justicia es un cachondeo. En algunos casos, como el del Tribunal Constitucional con el Estatut, no iba muy descaminado el vituperio. Pero Nelson Díaz Frías, un juez de Primera Instancia de Arona (Tenerife), ha demostrado que puede haber Justicia en circunstancias difíciles, y que a veces los cachondeos están en otros ámbitos profesionales, donde no se contrasta y se actúa con una ligereza tan lamentable que degenera en torpeza, cuando no en injusticia.

El caso del joven tinerfeño Diego Pastrana, que fue acusado de violar y matar a una niña de tres años, hija de su compañera sentimental, debería servir para la reflexión. En España se ha pasado de la presunción de inocencia a la presunción de culpabilidad, mientras no se demuestre lo contrario. Y si son casos de violencia en el hogar, mucho más. La gravedad de este problema, la extrema sensibilidad que despierta, la necesidad de prevenirlo con todos los medios, es indiscutible. Como lo es que en España los juzgados reciben un porcentaje nada desdeñable de denuncias falsas, que en algunos casos de divorcios se utilizan como elementos de presión. Por todo ello, excepto que las cosas estén clarísimas, hay que tener mucho cuidado a la hora de anticiparse a las sentencias.

Diego Pastrana ha aparecido en las portadas de algunos diarios y en algunos programas de televisión calificado como asesino con todas las letras, sin el presunto siquiera. Después se le han echado todas las culpas al informe de los médicos, que cometieron varios errores de bulto al analizar las lesiones de la niña tras una caída de un columpio; errores quizá propiciados porque también están hartos de ver falsas caídas de columpios que son agresiones a niños en toda regla. Echarle las culpas a otros es siempre lo fácil, pero en este caso lo mejor sería que cada cual asumiera sus propias responsabilidades y pidiera perdón en público. ¿O es que aquí sólo debe pedir perdón la Iglesia?

También es fácil decirlo a posteriori, como se vio en otro caso, el de Ricardi con sus falsas violaciones. Pero debe servir para aprender que quienes se erigen en jueces de los demás también pueden convertir la Justicia en un cachondeo, o simplemente en injusticia.

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