Sine die

Ismael / Yebra

Instinto atávico

ME sorprende continuamente ese ser humano que cada uno llevamos dentro y al que nunca acabamos de conocer del todo. Algunos, como Pessoa, no se conformaron con uno, sino que dieron cobijo a varios heterónimos y, tal vez por eso, acabó siendo víctima del alcohol y preso del desasosiego. El cerebro es una máquina que raras veces deja de funcionar, aunque no siempre en la dirección adecuada. Muestra zonas desconocidas y con frecuencia torpes reacciones difíciles de justificar. Es capaz tanto de hacernos disfrutar como de martirizarnos.

Acabo de llegar a mi lugar de vacaciones. Una pequeña aldea de apenas 40 habitantes en una región perdida de la vieja Castilla. Pertenece a lo que Sergio del Molino en un reciente ensayo ha titulado La España vacía. A un kilómetro hay otra aldea con sólo cinco habitantes, a seis otra con ocho y un poco más allá otra que se queda vacía en invierno; únicamente está habitada en verano por no más de 35 ó 40 personas. No se puede llamar a esto turismo. Los que están allí los meses de verano son emigrantes que han tenido que buscar trabajo en otro sitio o familiares que regresan al terruño, aunque sólo sea por unos días.

Cada año soy testigo del deambular de estos seres entre piedras y casas semiderruidas en las que la maleza ha hecho mella en su interior destruyendo sus techumbres y por cuyas ventanas asoman las ramas de espinos, salgueros y otros arbustos. Pasean como idos por cercados de castaños y manzanos que están prácticamente abandonados y que intentan resucitar en los días de vacaciones. Se dan unas tremendas palizas quitando hierbas que volverán a crecer en apenas unos días e intentando hacer llegar allí el agua que antaño pasaba cerca, pero que hogaño está lejana y es escasa, cuando no inexistente. Permanecen pegados a la tierra, sólo salen del pueblo para buscar lo necesario para la subsistencia, no sienten interés por las poblaciones de los alrededores ni por los paisajes increíblemente verdes, aún menos por los templos románicos cercanos o las ermitas que coronan elevaciones con vistas sorprendentes.

¿Qué buscan allí donde no hay nada? ¿Qué añoran de una tierra pobre que ni siquiera fue capaz de dar alimento a sus hijos? ¿Qué echan de menos de un clima inhóspito que maltrata las cosechas y apenas concede dos o tres meses de tregua? ¡Qué poco racional es el instinto atávico!

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