La tribuna

Jaime Martinez Montero

Lenguas y Senado

EL proyecto, que ya es casi realidad, de establecer un servicio de traducción simultánea en el Senado me causa sorpresa y perplejidad. Suele causar sorpresa aquello que ocurre y que de ninguna manera te lo esperas. En ese sentido, poner traducción simultánea entre personas que se entienden perfectamente no deja de ser algo inusual. También me causa sorpresa por el gasto que supone, y más en los tiempos que corren. Dicen que no cuesta mucho, especialmente si el importe lo comparamos con otras partidas. Bueno, es una opinión. La mía es distinta: en tiempos de gran escasez, lo primero de todo es suprimir los gastos innecesarios, sean estos grandes o pequeños. Es un argumento de supervivencia, además de lógico.

Sobre el tema de la traducción en sí tampoco me aclaro mucho. Echo de menos traductor específico de valenciano. Con lo que se ha subrayado que este idioma no es idéntico al catalán, ni muchísimo menos, no entiendo que no se haya levantado la voz y se haya exigido como lo que es: otro traductor para otro idioma. Si no se incorpora el traductor de valenciano, dicen que todo lo apañan con tres intérpretes: el de euskera, el de catalán y el de gallego. Yo creo que no, que hacen falta más. Supongo que la reivindicación del uso apunta no sólo a hablar cada uno en su lengua materna (o adoptada), sino, sobre todo, a escuchar en el propio idioma. Porque si lo que se alega para tener que emplear la traducción es que en la lengua materna es como uno dice mejor las cosas y alcanza un mayor grado de convicción respecto al escuchante, también entenderá mejor y podrá montar de manera más elocuente sus argumentos si lo que dice la otra parte la escucha en su idioma natal. Si aceptamos este supuesto, que es completamente lógico, e incorporamos el valenciano, lo que es de justicia, entonces necesitamos los siguientes traductores: catalán-castellano, catalán-valenciano, catalán-vasco y catalán-gallego; valenciano-castellano, valenciano-vasco y valenciano-gallego; vasco-castellano, vasco-gallego; finalmente, gallego-castellano. A mí me salen diez traductores, que a su vez tendrán que tener sus suplentes. Además, deben estar todos operativos a la vez, con lo que necesitarán unas instalaciones no tan modestas ... en fin.

Pero vayamos al tema capital: la traducción. Los idiomas son sistemas muy complejos, formas de estructurar la realidad y la mente, y no es tan sencillo pasar de una lengua a la otra. No hay una equivalencia automática palabra a palabra ni se puede hacer una traslación mutua sintagma a sintagma. ¿Cómo se traducen las alusiones veladas, las ironías, los dobles sentidos, las frases hechas? No es igual, como bien saben los amantes de la literatura, que quien traduzca a Marguerite Yourcenar sea Enma Calatayud o cualquier otro u otra.

Fijémonos en el discurso político, que es el que se da en el Senado. Su fin principal es convencer a los senadores, trasladarles los argumentos de manera que arrastren a los que los escuchan a las posiciones del que los emite. El derecho a emplear el propio idioma no es tanto el derecho a hablarlo, cuanto que, además, sea comprendido por el receptor. No se trata de hablar con independencia de que te entiendan o no. Para eso ya hablamos con nosotros mismos y hasta alcanzamos una consumada elocuencia, muy superior a la que se exhibe cuando se dirige uno a los demás. La esencia es la comprensión del interlocutor, que este aprecie con toda la riqueza posible de matices, en toda su integridad y con su pleno contenido, lo que se le quiere decir. Con el sistema senatorial de traducción lo que es más fundamental se pierde, y de ahí mi perplejidad. Cuando uno habla en un órgano político es porque hay algo importante que decir, un mensaje que se quiere lanzar para que sea comprendido. Si este requisito no se cumple, ¿qué más da? Ningún pez sensato va a ninguna parte sin objeto, ni nadie habla trayéndole al fresco el que lo entiendan o no.

¿Qué ocurre cuando un señor o señora que domina el castellano se dirige a otros, que lo entienden perfectamente, en un idioma que los demás no saben? Pues algo muy elemental: que la integridad del sentido, la riqueza de los matices, la forma que reviste la explicación de las propias ideas, todo esto y más, se delegan en los traductores. En definitiva, que pudiendo decir yo lo que quiero y de la manera que quiero, renuncio a ello y traspaso esa responsabilidad al traductor, al que constituyo como un elemento mediador, pero a costa de perder el control sobre el mensaje. Lo que se deja en manos del traductor es buena parte de la capacidad expresiva, la diversidad para expresar estados y sentimientos, el aspecto con el que se presentan el humor, la ironía y la tensión. En definitiva, se abandona, al albur del traductor, el que este adjetive o nombre los infinitos matices de lo que se quiere decir. La verdad, tal vez se pudiera perdonar el bollo por el coscorrón..

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