La tribuna

Fernando Díaz Del Olmo

Milenio: se barrunta el fracaso

LA Ayuda Oficial al Desarrollo de los países donantes se basa en los Objetivos Del Milenio (ODM), una declaración de la Cumbre del Milenio (Nueva York, julio de 2000) firmada por 189 países, entre ellos España. Constituye el compromiso de llegar al 2015 con un mínimo mundial de desarrollo, equidad y dignidad humana. Para conseguirlo los ODM plantean ocho metas, todas simples, pero dos lo son tanto que calificaremos de metas ingenuas, ingenuidad no exenta de crítica a la sociedad del despilfarro y la degradación ambiental: 1."Erradicar la pobreza extrema y el hambre"; y la 7. "Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente". Convendremos que sendas metas atañen a los fundamentos de la civilización, la capacidad de alimentarse y el acceso a la naturaleza, sus valores, recursos y servicios.

¿Qué balance podemos hacer, una vez superado con más olvido que reconocimiento la mitad del período propuesto por los ODM (2000-2015)? Sin duda, no muy brillante ni tranquilizador. Veamos algunos detalles.

Pobreza extrema y hambre tienen como indicador el fatídico umbral de ingresos de 1 dólar/día. Algunos países del Caribe, América Central y Sur han mejorado esta renta; también del Norte de África (Marruecos, Egipto, Túnez, etc.) y, por supuesto, China; pero o subsisten grandes regiones pobres o se ha agravado en Asia (Vietnam, Filipinas, Indonesia, etc.) y en el resto de África (Níger, Mali, Chad, Somalia, Malawi, Zambia). No obstante los informes del Banco Mundial son optimistas con esta desigualdad, ya que ven en las mejoras la expansión de nuevos mercados. Así África es ahora un continente a las puertas de un gran cambio y cualquier novedad se interpreta como un giro espectacular; por ejemplo las recientes supercosechas de café y té, la reducción o condonación de deuda, la subida de los precios de las materias primas, la llegada de la multimillonaria cooperación china, o los resultados de la cumbre de Lisboa con la UE (diciembre de 2007). Mientras, la pobreza sigue en alza.

Por su parte, la industrialización de la agricultura o revolución verde, ¿ha aportado la solución al problema del hambre? Si valoramos el alcance de la crisis alimentaria actual y la escalada de precios básicos, no podemos decir que haya sido una buena solución. Se mantienen las emergencias alimentarias en Níger, Mauritania o Burkina Faso; las revueltas del hambre van desde Haití a Indonesia pasando por Costa de Marfil, e incluso en los países que han mejorado, como Chile, México, Argentina, Mozambique o Egipto y según la FAO, más de 800 millones de personas padecen hambre y desnutrición. La crisis la detectamos también en Europa, en la compra y en las demandas de más subsidios agrícolas después de 2013.

Sin embargo, paradójicamente, días atrás, O. Logué, de Acción contra el Hambre, nos alertaba de que "la inversión en la innovación agrícola debe superar los tabúes ecologistas y… sólo una mejora de la ecuación rendimiento/superficie permitirá un desarrollo sostenible"; o sea, una nueva revolución verde. Intermón Oxfam ve en la situación una oportunidad de negocio y desarrollo en los países pobres. En el delta del Mekong, las autoridades de Vietnam van por la tercera supercosecha de arroz al año". Y España, cuarto donante bilateral de Haití, apuesta por el "incremento de superficie cultivable" (Diario de Sevilla, 26/abril/2008) en el país más deforestado de la Tierra para combatir in situ la crisis. No podemos estar más en desacuerdo.

Después de treinta años de revolución verde constatamos su actuación como un fin en sí mismo, nunca como un proceso adaptado a las condiciones rurales locales. El agro-business obvia el medio natural y sus cualidades, la contaminación de pesticidas, el aumento de parásitos, el desarraigo de los campesinos y, por supuesto, la deforestación, desertificación y pérdida de recursos, o sea, los tabúes ecologistas antes citados. ¿Por qué hemos de confiar que ahora la combinación de la neotecnología y la especulación financiera aporte de una vez el fin de la crisis alimentaria, induzca el desarrollo económico, erradique la pobreza y el hambre y, finalmente, favorezca el medio ambiente? ¿Por qué se insiste en el camino equivocado?

Garantizar la sostenibilidad es el objetivo paria de la familia de los ODM. No hace falta recordar el declive acelerado de la biodiversidad, ni la pérdida de suelos y selvas, o el arrinconamiento de las políticas de conservación de la naturaleza y del verdadero desarrollo rural integral. Garantizar la sostenibilidad significa contar con el medio natural y la sociedad. Es el viejo principio geográfico de la adaptación. Mayor adaptación significa siempre mejor garantía de sostenibilidad. Suspirar por una nueva revolución verde, superada en 2008 la mitad del periodo, no parece el camino para alcanzar en el 2015 las dos metas más simples e ingenuas (¿?) de los ODM.

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